Archive for the ‘ENSAYOS’ Category

La Señora del Carballo

La Señora del Carballo

Esa mañana, cuando pregunté a los niños quién iría a la procesión, una de ellos, de quince años tal vez, me respondió: “Yo. Voy a acompañar a la Virgen porque mi bisabuelo fue el que la encontró”.

Me pregunté qué relación tenían entre sí estas viejas historias rurales, de crucifijos y estatuas encontradas en los huecos de los árboles o el vientre erosionado de las rocas con los relatos bíblicos que los misioneros habían desperdigado por sus caminos desde tiempos inmemoriales, me pregunté si éste era el derrotero que soñaron para sus predicaciones. También me interrogué acerca de cómo habrían aparecido después de ser talladas, si por la casualidad o por la trampa y, en todo caso, cuál sería el fenómeno psicológico o social de atribuirles ese milagro totémico.  ¿Acaso es la Iglesia Católica quien promueve estos hechos, o por el contrario, con el corazón contrito, los acompaña procurando iluminarlos? ¿Los estimula o crecen como el yuyo en jardín primaveral de la Teología? Esta última palabra me llevó a pensar en mis lecturas del Dante, en el alto y dificultoso símbolo de Beatrice. Y entonces concluí: “habrá que atravesar el Infierno .

Recordaba Lourdes, aquella réplica impecable que los Asuncionistas lograron en Santos Lugares para el recogimiento y la esperanza de multitud de enfermos. También yo iba de la mano de mi madre a mirar los ojos de una estatua una vez al año. Llevaba grabado en mi corazón el dogma de la Inmaculada Concepción y hubiera dado mi corta vida por defenderlo. Eran épocas difíciles de la Fe. Acaso como éstas. Estos fieles ¿sienten el apasionado calor de los soldados de Cristo? ¿Qué verdad mística expresa esta imagen? Es una carita oscura con un vestidito blanco de seda. ¿Querrá expresar que Dios es Padre de todos por igual en el rostro casi indígena de la madre de Dios? ¿O habrá una localización tribalista en el trasfondo de este sentimiento? De una u otra manera, ¿por qué todos necesitamos matizar a la madre de Dios con los colores de nuestras propias emociones? Renacentista o indígena, oriental o gaucha, tan multifacética, siempre reflejando un solo costado, una sola arista…pero.. . del reflejo del Sol o de nuestra mirada humana…?

¡Ay, Beatrice! ¡Qué difícil!…

La imagen había logrado ser arrebatada del seno de la familia “elegida” y transportada a una pequeña capilla, de líneas clásicas, que resaltaba como un pequeño diamante en el desierto infinito. Pero el paganismo ya estaba instalado. El celo de Monseñor aún no estuvo conforme: a costas de recibir de golpes e insultos, su párroco la trasladó a la entrada del pueblo. En realidad, sólo pudo hacerla llegar hasta allí, aunque debiera haber sido coronada en la Parroquia. Por otra parte, si bien se mira, desde la ruta –el progreso- éste sería el trasero, pues, además, quedó a una cuadra del cementerio, que es como el patio trasero, y en la que otrora fuera la capillita para despedir a los muertos. Se llamaba, por supuesto, La Piedad. Y en su altar ostentaba una impecable fotografía de la gloriosísima obra de Miguel Ángel. (Los legados de la Humanidad, no se reemplazan, por estos tiempos, por tesoros de alto valor artístico. Pareciera que el espiral de la Historia ya no puede ascender…¿ Habremos pasado ya la cumbre de los tiempos? ¿Sólo nos queda bajar, retroceder? Las reivindicaciones sociales nunca más tendrán la magnitud de un Delacroix, un Goya?)

Del triste rostro terroso de la capilla salió la Virgencita portada en andas, en su cajita de vidrio. Una música reiterativa y pegadiza la escoltaba en el aire, una niña desafinaba un violín por delante y, por detrás, el gentío comenzaba a caminar.

Al llegar a la esquina sentí un olor que me produjo náuseas. Levanté la vista. Unos jinetes haciendo caracolear a sus caballos a latigazos, se aprestaban a  presidir la procesión. Efectivamente, el largo recorrido que duró cuatro horas, fue alfombrando el paso de la Virgen con bosta recienregada e hiriendo penitencialmente mis sentidos y mi corazón.

Una jaulita de ganado tirada por un tractor transportaba el equipo de sonido a pocos metros de la imagen. Detrás, un par de religiosas harían oír las oraciones que nadie en la multitud repetiría. El cuadro no podía ser más desolador.

En una de las primeras esquinas se detuvo la marcha. Era una escuela. Allí unos niños dedicaron  una danza. En ellos podía avizorarse toda la hibridez de las zonas de frontera, especialmente, la vestimenta y algunos gestos, entre lo chaqueño y lo salteño. Pero  estaba muy lejos de la hidalguía señorial del gaucho de Gûemes y del fluido ritmo litoraleño, sin embargo, había tanto orgullo en los bailarines como si se tratara de una tradición ancestral.

Así, la procesión, en adelante, se detendría en todas las escuelas. Parecía, incluso, que el recorrido por todos los barrios había sido diagramado tomándolas como puntos de referencia.

La historia argentina, pensé, a pesar de lo que parece, es una grave historia de desencuentros con la Iglesia. Tanto la Iglesia como los caudillos han volcado sus afanes al pueblo. Y en él se encontrado. Es cierto que los curas gauchos asistieron con sus vidas a las guerras de Independencia, pero también es cierto que la Iglesia se vio muchas veces mezclada con los intereses territoriales y las masacres de extranjeros (tan bien calladas hoy día por la versión de la Historia la page), con Rosas y otros dictadores. El antiguo progresismo, en cambio, el liberalismo romántico siempre bregó por un estado laicista y en las épocas del Normalismo, los maestros, que fueron el brazo más eficiente de la Nación, no simpatizaban con Ella. Hasta que, con Perón, se dio vuelta la tortilla. Desde aquella terriblemente célebre procesión de Corpus, los movimientos populares rompieron sus lazos con la Iglesia, en cambio, los sectores conservadores se aliaron, no digo con el clero común, sino con la cúpula eclesial. Lo que me parece más increíble de toda esta historia, es que ni unos ni otros lo tuvieron claro. Cuando todo está oscuro es cuando podemos ver mejor la única luz de la llamita encendida.

Y hablando de llamitas, de pronto, una mujer me detuvo para prender en mi camisa una estampita; su pequeña hija llevaba en la espalda un cartel de tela en el que se leía impreso con grandes letras negras. “Gracias por tus favores”. Imaginé que era un tema de salud. En rigor de verdad, nunca sabremos qué es lo que cura a la gente, si la bioenergía, la kábala, la homeopatía, la medicina alopática o las flores de Bach…lo único que sé es que detrás de todo está Dios, ese Dios tan imposible de comprender como imposible es meter el mar en un hoyo de arena. San Agustín sonríe en mi oportuno pensamiento (¡Ay, Beatrice!)

Todo el camino, por lo demás, fue de agobiante calor y ráfagas de viento que levantaban remolinos de tierra; la gente incontable que iba sumándose; las reflexiones y oraciones que nadie oía; la pegadiza canción y las tímidas vivas a la Virgen; los aplausos tibios promovidos por la guía; los barrios que se sucedían a nuestro paso: los caseríos pobres y desnaturalizados y los barrios hechos por el gobierno para los pobres pero habitados por los más ricos y sus antojadizos frentes compitiendo en ostentación y mal gusto. Pobres y usurpadores en los portales. Algunos ofreciendo el agua contaminada que todos bebemos a diario; otros, aprovechando a vender bebidas y hacerse la semana. Carteles de gratitud y alabanza y algún lapsus como “Virgen, bendice a mi familia”, con ese pronombre posesivo  que nos calza tan bien a los pequeñoburgueses; quien, tomando fotos con cámara digital o filmando; quien, disfrutando del espectáculo que rompía la rutina diaria como un festival folklórico o un acto patrio en la plaza.

A mitad de camino, se oyó una voz militarizada exigiendo a la gente que se encolumnara detrás de la imagen. “¡La Virgen tiene que llevar la delantera!” gritó. Pero a pesar de la insistencia el pueblo rodeaba a la imagen como queriendo abrazar a su fetiche de la suerte con ignorante ternura y devoción.

Más adelante, el viejo cartero, ya jubilado, acaso vencido por la deshidratación, cayó y se desparramó sin remedio en medio de la calle de tierra. Inmediatamente, se solicitó la ambulancia que no tardó en aparecer. La procesión se detuvo. Los enfermeros trataron de alzar al desmayado pero su peso era superior a toda fuerza humana. Entonces se dio la voz de continuar y quedaron asistiéndolo en el piso. “Ya está atendido nuestro amigo” dijo la guía. Y el episodio se olvidó. Pero a mí me pareció ver, aunque no estoy segura, el manto de Beatrice. La peregrinación, el esfuerzo infinito, un símbolo. Y tal vez, era esa lejana posibilidad lo que le daba sentido a todo: a la indiferencia por la oración, a la Virgen convertida en fetiche, a las casas robadas y sus devotos ladrones, a la sed calmada a cambio de monedas, a la bosta que ensuciaba el aire y los zapatos, a los cientos de mercachifles que esperaban con su basura, en la calleja que conducía al santuario, a la mentira de “encontré una imagen en un árbol,¡ups!”. Sí. El eterno símbolo de la peregrinación desde las romerías medievales, que vive ahogado en el alma del Hombre, de todo hombre, del ignorante y del instruido, del necio y del sabio, del cínico y del humilde y, que lo convierte a pesar de Heidegger, en un ser para la eternidad.

Al llegar, los sacerdotes revestidos, nos esperaban para celebrar la misa. En otras épocas era una buena oportunidad para divulgar la verdadera doctrina. En esta ocasión, la predicación orilló la demagogia. ¡Cuánto temor!

Al retirarme, una mujer se acercó cariñosamente hacia mí para regalarme una estampa de San Cayetano. No la acepté. Ella me miró entre perpleja y disgustada, como si sólo el diablo pudiera rechazar semejante presente.

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La Señora del Carballo

La Señora del Carballo

Esa mañana, cuando pregunté a los niños quién iría a la procesión, una de ellos, de quince años tal vez, me respondió: “Yo. Voy a acompañar a la Virgen porque mi bisabuelo fue el que la encontró”.

Me pregunté qué relación tenían entre sí estas viejas historias rurales, de crucifijos y estatuas encontradas en los huecos de los árboles o el vientre erosionado de las rocas con los relatos bíblicos que los misioneros habían desperdigado por sus caminos desde tiempos inmemoriales, me pregunté si éste era el derrotero que soñaron para sus predicaciones. También me interrogué acerca de cómo habrían aparecido después de ser talladas, si por la casualidad o por la trampa y, en todo caso, cuál sería el fenómeno psicológico o social de atribuirles ese milagro totémico.  ¿Acaso es la Iglesia Católica quien promueve estos hechos, o por el contrario, con el corazón contrito, los acompaña procurando iluminarlos? ¿Los estimula o crecen como el yuyo en jardín primaveral de la Teología? Esta última palabra me llevó a pensar en mis lecturas del Dante, en el alto y dificultoso símbolo de Beatrice. Y entonces concluí: “habrá que atravesar el Infierno .

Recordaba Lourdes, aquella réplica impecable que los Asuncionistas lograron en Santos Lugares para el recogimiento y la esperanza de multitud de enfermos. También yo iba de la mano de mi madre a mirar los ojos de una estatua una vez al año. Llevaba grabado en mi corazón el dogma de la Inmaculada Concepción y hubiera dado mi corta vida por defenderlo. Eran épocas difíciles de la Fe. Acaso como éstas. Estos fieles ¿sienten el apasionado calor de los soldados de Cristo? ¿Qué verdad mística expresa esta imagen? Es una carita oscura con un vestidito blanco de seda. ¿Querrá expresar que Dios es Padre de todos por igual en el rostro casi indígena de la madre de Dios? ¿O habrá una localización tribalista en el trasfondo de este sentimiento? De una u otra manera, ¿por qué todos necesitamos matizar a la madre de Dios con los colores de nuestras propias emociones? Renacentista o indígena, oriental o gaucha, tan multifacética, siempre reflejando un solo costado, una sola arista…pero.. . del reflejo del Sol o de nuestra mirada humana…?

¡Ay, Beatrice! ¡Qué difícil!…

La imagen había logrado ser arrebatada del seno de la familia “elegida” y transportada a una pequeña capilla, de líneas clásicas, que resaltaba como un pequeño diamante en el desierto infinito. Pero el paganismo ya estaba instalado. El celo de Monseñor aún no estuvo conforme: a costas de recibir de golpes e insultos, su párroco la trasladó a la entrada del pueblo. En realidad, sólo pudo hacerla llegar hasta allí, aunque debiera haber sido coronada en la Parroquia. Por otra parte, si bien se mira, desde la ruta –el progreso- éste sería el trasero, pues, además, quedó a una cuadra del cementerio, que es como el patio trasero, y en la que otrora fuera la capillita para despedir a los muertos. Se llamaba, por supuesto, La Piedad. Y en su altar ostentaba una impecable fotografía de la gloriosísima obra de Miguel Ángel. (Los legados de la Humanidad, no se reemplazan, por estos tiempos, por tesoros de alto valor artístico. Pareciera que el espiral de la Historia ya no puede ascender…¿ Habremos pasado ya la cumbre de los tiempos? ¿Sólo nos queda bajar, retroceder? Las reivindicaciones sociales nunca más tendrán la magnitud de un Delacroix, un Goya?)

Del triste rostro terroso de la capilla salió la Virgencita portada en andas, en su cajita de vidrio. Una música reiterativa y pegadiza la escoltaba en el aire, una niña desafinaba un violín por delante y, por detrás, el gentío comenzaba a caminar.

Al llegar a la esquina sentí un olor que me produjo náuseas. Levanté la vista. Unos jinetes haciendo caracolear a sus caballos a latigazos, se aprestaban a  presidir la procesión. Efectivamente, el largo recorrido que duró cuatro horas, fue alfombrando el paso de la Virgen con bosta recienregada e hiriendo penitencialmente mis sentidos y mi corazón.

Una jaulita de ganado tirada por un tractor transportaba el equipo de sonido a pocos metros de la imagen. Detrás, un par de religiosas harían oír las oraciones que nadie en la multitud repetiría. El cuadro no podía ser más desolador.

En una de las primeras esquinas se detuvo la marcha. Era una escuela. Allí unos niños dedicaron  una danza. En ellos podía avizorarse toda la hibridez de las zonas de frontera, especialmente, la vestimenta y algunos gestos, entre lo chaqueño y lo salteño. Pero  estaba muy lejos de la hidalguía señorial del gaucho de Gûemes y del fluido ritmo litoraleño, sin embargo, había tanto orgullo en los bailarines como si se tratara de una tradición ancestral.

Así, la procesión, en adelante, se detendría en todas las escuelas. Parecía, incluso, que el recorrido por todos los barrios había sido diagramado tomándolas como puntos de referencia.

La historia argentina, pensé, a pesar de lo que parece, es una grave historia de desencuentros con la Iglesia. Tanto la Iglesia como los caudillos han volcado sus afanes al pueblo. Y en él se encontrado. Es cierto que los curas gauchos asistieron con sus vidas a las guerras de Independencia, pero también es cierto que la Iglesia se vio muchas veces mezclada con los intereses territoriales y las masacres de extranjeros (tan bien calladas hoy día por la versión de la Historia la page), con Rosas y otros dictadores. El antiguo progresismo, en cambio, el liberalismo romántico siempre bregó por un estado laicista y en las épocas del Normalismo, los maestros, que fueron el brazo más eficiente de la Nación, no simpatizaban con Ella. Hasta que, con Perón, se dio vuelta la tortilla. Desde aquella terriblemente célebre procesión de Corpus, los movimientos populares rompieron sus lazos con la Iglesia, en cambio, los sectores conservadores se aliaron, no digo con el clero común, sino con la cúpula eclesial. Lo que me parece más increíble de toda esta historia, es que ni unos ni otros lo tuvieron claro. Cuando todo está oscuro es cuando podemos ver mejor la única luz de la llamita encendida.

Y hablando de llamitas, de pronto, una mujer me detuvo para prender en mi camisa una estampita; su pequeña hija llevaba en la espalda un cartel de tela en el que se leía impreso con grandes letras negras. “Gracias por tus favores”. Imaginé que era un tema de salud. En rigor de verdad, nunca sabremos qué es lo que cura a la gente, si la bioenergía, la kábala, la homeopatía, la medicina alopática o las flores de Bach…lo único que sé es que detrás de todo está Dios, ese Dios tan imposible de comprender como imposible es meter el mar en un hoyo de arena. San Agustín sonríe en mi oportuno pensamiento (¡Ay, Beatrice!)

Todo el camino, por lo demás, fue de agobiante calor y ráfagas de viento que levantaban remolinos de tierra; la gente incontable que iba sumándose; las reflexiones y oraciones que nadie oía; la pegadiza canción y las tímidas vivas a la Virgen; los aplausos tibios promovidos por la guía; los barrios que se sucedían a nuestro paso: los caseríos pobres y desnaturalizados y los barrios hechos por el gobierno para los pobres pero habitados por los más ricos y sus antojadizos frentes compitiendo en ostentación y mal gusto. Pobres y usurpadores en los portales. Algunos ofreciendo el agua contaminada que todos bebemos a diario; otros, aprovechando a vender bebidas y hacerse la semana. Carteles de gratitud y alabanza y algún lapsus como “Virgen, bendice a mi familia”, con ese pronombre posesivo  que nos calza tan bien a los pequeñoburgueses; quien, tomando fotos con cámara digital o filmando; quien, disfrutando del espectáculo que rompía la rutina diaria como un festival folklórico o un acto patrio en la plaza.

A mitad de camino, se oyó una voz militarizada exigiendo a la gente que se encolumnara detrás de la imagen. “¡La Virgen tiene que llevar la delantera!” gritó. Pero a pesar de la insistencia el pueblo rodeaba a la imagen como queriendo abrazar a su fetiche de la suerte con ignorante ternura y devoción.

Más adelante, el viejo cartero, ya jubilado, acaso vencido por la deshidratación, cayó y se desparramó sin remedio en medio de la calle de tierra. Inmediatamente, se solicitó la ambulancia que no tardó en aparecer. La procesión se detuvo. Los enfermeros trataron de alzar al desmayado pero su peso era superior a toda fuerza humana. Entonces se dio la voz de continuar y quedaron asistiéndolo en el piso. “Ya está atendido nuestro amigo” dijo la guía. Y el episodio se olvidó. Pero a mí me pareció ver, aunque no estoy segura, el manto de Beatrice. La peregrinación, el esfuerzo infinito, un símbolo. Y tal vez, era esa lejana posibilidad lo que le daba sentido a todo: a la indiferencia por la oración, a la Virgen convertida en fetiche, a las casas robadas y sus devotos ladrones, a la sed calmada a cambio de monedas, a la bosta que ensuciaba el aire y los zapatos, a los cientos de mercachifles que esperaban con su basura, en la calleja que conducía al santuario, a la mentira de “encontré una imagen en un árbol,¡ups!”. Sí. El eterno símbolo de la peregrinación desde las romerías medievales, que vive ahogado en el alma del Hombre, de todo hombre, del ignorante y del instruido, del necio y del sabio, del cínico y del humilde y, que lo convierte a pesar de Heidegger, en un ser para la eternidad.

Al llegar, los sacerdotes revestidos, nos esperaban para celebrar la misa. En otras épocas era una buena oportunidad para divulgar la verdadera doctrina. En esta ocasión, la predicación orilló la demagogia. ¡Cuánto temor!

Al retirarme, una mujer se acercó cariñosamente hacia mí para regalarme una estampa de San Cayetano. No la acepté. Ella me miró entre perpleja y disgustada, como si sólo el diablo pudiera rechazar semejante presente.

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Cristina: fin y principio

Dentro de mil años, si es que existen el planeta y la humanidad tal cual los conocemos, es posible que se estudie en las lecciones de Historia que en las naciones como la Argentina convivían dos castas o clases dominantes: la de los militares y la de los políticos. Ambas se turnaban en el comando, si bien sometidas a pujas internas, por una razón elemental: los dictados de aquellos que mueven los hilos no tan invisibles del destino humano, en función de su propia supervivencia. Quiero decir, que a cada una de estas castas le toca el poder cuando puede ser respuesta al devenir propuesto por el verdadero Poder, en función de las reales políticas a seguir para mantener el difícil y necesario equilibrio de la conservación, en una tierra en la que se gastan ingentes cantidades de energía no renovable y la superpoblación fenomenal  choca con la falta de recursos laborales, único método conocido por el hombre hasta el siglo XX, para lograr su subsistencia y su progreso en base a su dignidad.

Esto, hasta el presente. Pero  veamos qué ocurre en los albores del siglo XXI. Las masas necesitadas, no sólo de techo y comida sino también de todo aquello que la producción industrial y tecnológica genera para sostener a las clases acomodadas en base a su comercialización, no encuentran, debido a su crecimiento poblacional y su falta de capacitación, modo de adquirir estos bienes. Falta el trabajo y los posibles aspirantes están muy lejos de poseer, mínimamente, los conocimientos necesarios para abordarlo. Inútil es que las escuelas públicas aumenten el número de años de asistencia obligatoria. Podrían hacerlo hasta el infinito. Un profesor de escuela pública, según lo aprendido a partir de sus programas, no cubre ni básicamente, los saberes que se necesitan tanto en tecnología, computación, idiomas o avance de cualquier ciencia aplicada. Los verdaderos “billgatitos” urbanos estudian en otros sitios y de otra manera. Ellos, los que dirigirán el mundo, son los pocos y ciertos depositarios del saber. No circulan por las redes convencionales. No miran la televisión, que quedó como alimento de masas, no leen lo que las mayorías leen, no se preparan ni piensan igual.

En tanto se hace necesario la gobernabilidad de estas masas crecientes de desocupados y caídos del sistema. Para esto se necesitan gobiernos que sustenten los llamados planes sociales, es decir, brindar un mínimo de contención en alimentos y en la ilusión de vivir con todo lo que la tecnología genera (lo cual, no olvidemos, sostiene la industria tecnológica y detrás de la que se asienta las clases acomodadas y sus billgatitos).

Proyectos como “el tren bala” fracasan porque son irrelevantes para sostener esta realidad. En cambio, “fútbol para todos” o “asignación universal por hijo”, son planes que sustentan la gobernabilidad. Y es necesario gobernar a estas masas. En realidad, todo plan, por generoso que sea supone un gran ahorro si pensamos cuánto se gastaría en verdaderos planes de educación y ordenamiento social y laboral.

El fenómeno de crecimiento de masas, que viene siendo anunciado por los especialistas y analistas simbólicos desde mediados del siglo pasado, es hoy una realidad. Gobiernos como los de Cristina, una respuesta. Es Cristina como podría ser Juanita, Pepito o Pedrito. Títeres de las corporaciones internacionales que determinan los rumbos a seguir.

Supo decir el Papa Juan Pablo II  que los delitos de ayer son las leyes de hoy. Aún estos cambios culturales vienen prefijados. ¿Se puede creer, por ventura, que la despenalización del aborto o el matrimonio gay son derechos adquiridos gracias a la lucha de sus protagonistas? Observemos cómo enemigos tales como el gobierno de Cristina y el holding de Clarín apuntan sus cañones al mismo objetivo –la Iglesia- si se trata de estos temas.  Es que responden a la misma consigna: disminuir el crecimiento poblacional. En esta misma línea corre también, me aventuro a deducir, la des erotización producida por la excesiva exposición pornográfica en los programas de televisión para masas.

De hecho, se puede aseverar, ahondando en las palabras de Juan Pablo II, que el trabajo ya no es considerado fuente de dignidad, es decir, procurarse el alimento se va volviendo una realidad tan hostil, que sólo puede ser sostenida por gobiernos populistas que lo brindan junto con el techo y una pseudoeducaciòn, de manera gratuita. Para sostener esta realidad sin malherir los sentimientos de las masas hay que hablar de “derechos”. Ahora bien, esos derechos no se fundamentan en ninguna teoría que proponga al hombre como un ser trascendental, dado que por la naturaleza de la dádiva, sería un contrasentido. Son derechos y nada más. Porque sí. Es la muerte de la Filosofía. La posesión de la tierra, por otra parte, también surge como un derecho nuevo, ya no como consecuencia del esfuerzo y del trabajo, como proponían los códigos del siglo pasado, cuando inmigrantes lograban a través de toda una vida de madrugones y lumbagos, adquirir una finca para el sustento de su familia. En cambio, los grandes latifundios que explotan el negocio del alimento a partir del monopolio de la venta de semillas son contrarrestados por discursos oficiales en defensa de los pueblos originarios .A estos pueblos originarios – en ocasiones nada originarios- se atribuye por derecho la posesión de las tierras fiscales para establecer su hábitat. (En realidad, todos somos originarios si se lo piensa). Nada se dice de su derecho al trabajo. Por cierto, no lo hay.

El inmigrante no es considerado una riqueza, a pesar de los discursos que se centran en la discriminación, sino una peste. Y¿ qué otra cosa puede ser en un mundo carente de recursos? Por esta razón es que también los gobiernos populistas toman sus banderas. Es decir, se trata de asumir el sostén de las masas ignorantes  y hambrientas para su control. Estos gobiernos, son,  para las corporaciones y sus ciudadanos de primera,  imprescindibles, y para las mayorías descastadas, una cuestión de supervivencia.

María Rosa Meléndez

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Crónica de una Gruta

Quiere que le diga? El mejor albañil de Monte Quemado es don Julio Abet. Y el más paciente, mire. Se pasó en el patio del colegio todo el ardiente enero y sus colosales lluvias esperando que alguien le dijera qué era lo que tenía que hacer. Y así, recién en febrero, apareció el amigo que me ayudó a explicarme, como si hubiera leído mi mente (lo cual es muy difícil de por sí), y le dijo, trazando con un cascote de ladrillo, una enorme parábola en la pared:”  Mire, don Julio, esto es lo que quieren hacer acá. Así”. De esta manera, ambos empezaron a convocar a las piedras, una por una, sobre el enorme armazón de hierro. Las de las sierras cordobesas, rojas y deslumbrantes de mica; las salteñas, que trajo el Padre Gabriel del lecho del río, tan señoriales ellas; las de Pepe, grises y contundentes; las bellísimas lajas negras… Y entonces se agolparon las preguntas y las ideas de don Julio y de mi amigo, junto con las piedras…, créame, esta obra lleva los mil y un materiales que artista alguno  se pueda imaginar. Hasta que febrero se hacía corto y pedí ayuda  al Secretario de Obras Públicas, (mire el orgullo con que lo digo:” mi ex alumno”, Pichón, que tomó su celular como un príncipe y resolvió la situación con dos palabras. Él trajo a  los muchachos: a Miguel Ángel Mendoza, a Fredy Aranda, a Enrique Orellana, a Miguel Mansilla. Al principio, serios y distantes, como sin entender. Pero le aseguro que es cosa de la Virgen, que en pocos días, todos se mostraron dispuestos a ayudar y a construir entre risas y trabajo. Animados, laboriosos, buenos… Tanto, que el asado de despedida pareció una fiesta .

Por fin Don Verón, le cuento, instaló unas luces blancas, regalo de   María Teresa. Esa noche misma  iluminaron la gran cueva como la luna llena de Pascua.

Así, piedra a piedra, y sueño a sueño, llegó el momento especial. Viera con qué respeto y delicadeza, Abet  colocó la blanca y pequeña imagen de la Virgen de Lourdes. Claro, pues! ¡Ella era el centro de nuestro universo!


De esta manera se hizo realidad el emprendimiento, resultado de tantos aportes como son las y los chicos del profesorado, los profesores, Sonia y Mariela que anduvieron tras la rifa, recaudando de a poquito, con paciencia y tesón. Por eso la gruta se parece a nosotros, igualita. Porque estuvimos todos juntos como las piedras, de distinto color, diversas y originales, pero amalgamadas en la misión.


Por supuesto, una clara mañana apareció. Mire, de los que pasaban por allí, hasta los ojos de esos que en lugar de mirar espían, vio? Hasta los ojos de esos se ponían grandes. Era realmente bella, una gran artesanía, como dijo don Julio.

Pero faltaban las flores! Divinas flores correntinas trajo Mirna. Para más, Gabi, con su delicado temperamento, adornó el gran macetero que posa debajo de la Virgen, con jazmines celestes, como su manto, y algunas rositas rococó, que se asoman como pequeñas plegarias junto a los entrelazados ramos verdes .

El 11 de marzo, el día en que el Colegio “San Francisco Solano” celebre sus Bodas de Oro, será bendecida y entregada a la comunidad.  Con contenida emoción pensaré en aquellos franciscanos que vinieron de tan lejos trayendo este mensaje, me remontaré a los que, mirando los dulces ojos de María, elevarán esa súplica por aquel enfermo, por esta otra necesidad. Y contemplaré en mi corazón los ocasos que el Ángelus vestirá de misterio y rosa. Luego me iré despacio.

María Rosa Meléndez

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Quiere que le diga? El mejor albañil de Monte Quemado es don Julio Abet. Y el más paciente, mire. Se pasó en el patio del colegio todo el ardiente enero y sus colosales lluvias esperando que alguien le dijera qué era lo que tenía que hacer. Y así, recién en febrero, apareció el amigo que me ayudó a explicarme, como si hubiera leído mi mente (lo cual es muy difícil de por sí), y le dijo, trazando con un cascote de ladrillo, una enorme parábola en la pared:”  Mire, don Julio, esto es lo que quieren hacer acá. Así”. De esta manera, ambos empezaron a convocar a las piedras, una por una, sobre el enorme armazón de hierro. Las de las sierras cordobesas, rojas y deslumbrantes de mica; las salteñas, que trajo el Padre Gabriel del lecho del río, tan señoriales ellas; las de Pepe, grises y contundentes; las bellísimas lajas negras… Y entonces se agolparon las preguntas y las ideas de don Julio y de mi amigo, junto con las piedras…, créame, esta obra lleva los mil y un materiales que artista alguno  se pueda imaginar. Hasta que febrero se hacía corto y pedí ayuda  al Secretario de Obras Públicas, (mire el orgullo con que lo digo:” mi ex alumno”, Pichón, que tomó su celular como un príncipe y resolvió la situación con dos palabras. Él trajo a  los muchachos: a Miguel Ángel Mendoza, a Fredy Aranda, a Enrique Orellana, a Miguel Mansilla. Al principio, serios y distantes, como sin entender. Pero le aseguro que es cosa de la Virgen, que en pocos días, todos se mostraron dispuestos a ayudar y a construir entre risas y trabajo. Animados, laboriosos, buenos… Tanto, que el asado de despedida pareció una fiesta .

Por fin Don Verón, le cuento, instaló unas luces blancas, regalo de   María Teresa. Esa noche misma  iluminaron la gran cueva como la luna llena de Pascua.

Así, piedra a piedra, y sueño a sueño, llegó el momento especial. Viera con qué respeto y delicadeza, Abet  colocó la blanca y pequeña imagen de la Virgen de Lourdes. Claro, pues! ¡Ella era el centro de nuestro universo!


De esta manera se hizo realidad el emprendimiento, resultado de tantos aportes como son las y los chicos del profesorado, los profesores, Sonia y Mariela que anduvieron tras la rifa, recaudando de a poquito, con paciencia y tesón. Por eso la gruta se parece a nosotros, igualita. Porque estuvimos todos juntos como las piedras, de distinto color, diversas y originales, pero amalgamadas en la misión.


Por supuesto, una clara mañana apareció. Mire, de los que pasaban por allí, hasta los ojos de esos que en lugar de mirar espían, vio? Hasta los ojos de esos se ponían grandes. Era realmente bella, una gran artesanía, como dijo don Julio.

Pero faltaban las flores! Divinas flores correntinas trajo Mirna. Para más, Gabi, con su delicado temperamento, adornó el gran macetero que posa debajo de la Virgen, con jazmines celestes, como su manto, y algunas rositas rococó, que se asoman como pequeñas plegarias junto a los entrelazados ramos verdes .

El 11 de marzo, el día en que el Colegio “San Francisco Solano” celebre sus Bodas de Oro, será bendecida y entregada a la comunidad.  Con contenida emoción pensaré en aquellos franciscanos que vinieron de tan lejos trayendo este mensaje, me remontaré a los que, mirando los dulces ojos de María, elevarán esa súplica por aquel enfermo, por esta otra necesidad. Y contemplaré en mi corazón los ocasos que el Ángelus vestirá de misterio y rosa. Luego me iré despacio.

María Rosa Meléndez

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Educar significa “conducir, guiar, encaminar”. Determinar que no hay sanciones para los que cometen delitos es educar, seguramente, es conducir pero al abismo.

Durante Los días pasados se escuchó a algunos “especialistas” repetir infinidad de veces en los distintos medios de comunicación que los niños que matan no son culpables porque necesitan educación.

Estas consideraciones, inigualables en su pobreza ética, parecería ser que se contradicen a sí mismas, pues decir a un joven que no es culpable por haber realizado el acto de quitar la vida a un semejante equivale, no sólo a otorgar el permiso para matar sino también a realizar el acto contrario a lo que se pregona: no educar.

Educar significa “conducir, guiar, encaminar”. Determinar que no hay sanciones para los que cometen delitos es educar, seguramente, es conducir pero al abismo. La irresponsabilidad de los que, en aras del ejercicio de una demagogia cada día más irracional y precipitada, se llaman “especialistas” y desbaratan la verdadera pedagogía masivamente, arrastra a toda la sociedad a consecuencia cada vez más irreparables.

Lo primero que deberíamos preguntarnos es qué derivaciones puede llegar a tener nuestro discurso. Si realmente nos preocupa contribuir a la construcción de una sociedad educada, abordemos estas cuestiones con sentido ético y con contenidos profundos.“Un ciego no puede guiar a otro ciego”.

En los treinta años que llevo participando en los distintos niveles del sistema educativo y advirtiendo el progresivo deterioro que es producto de este tipo de discurso, he comprobado que el crecimiento de la persona y el sentido de responsabilidad social están íntimamente vinculados con la interiorización de pautas morales, con la estructuración de una personalidad que puede discernir el bien y el mal. El hecho de sancionar a un joven por no responder a la confianza que se le brinda, no es traumatizar ni reprimir, señores especialistas, es EDUCAR.

La vida tiene un valor sagrado. No se puede enseñar a nuestra propia especie que está permitido eliminarla. Nadie tiene derecho a pasar impune porque no la respeta. Es la primera y más elemental regla de la EDUCACIÓN.

María Rosa Meléndez

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La razón de la Esperanza

La razón de la Esperanza

Argentina es un país inagotable. Son tantas las conformaciones culturales que anidan en su territorio que cuando cree uno haber logrado configurar los límites de sus características, algo diferente surgió y hay que ampliar, ampliar, ampliar, ampliar… (Gracias Sarmiento).

Mientras este triste diciembre mostraba por la televisión el rostro patético de los parques y predios ocupados por personas evidentemente manipuladas, que reclamaban una casa, en un pequeño pueblo del norte de la patria, egresaban 56 alumnas del profesorado de Nivel Inicial.

¿Te parece poco sorprendente? Te cuento: esas jóvenes mujeres habían luchado durante tres años para alcanzar sus metas. Habían salido en los inviernos a caminar el monte para juntar leña y vender a los hornos de carbón para lograr pagarse sus estudios, habían trabajado largas jornadas como empleadas domésticas y estudiado los fines de semana; muchas de ellas, madres a cargo de sus pequeños hijos, habían transitado la oscuridad de cuadras y cuadras por la noche con ellos a cuestas para dejarlos con algún familiar mientras cursaban sus estudios; una de ellas, con una pequeña enferma de la columna vertebral, que la acompañó todos los días de esos tres años, y el último, como no podía ser de otra manera,  también asistió al acto de colación para recibir su premio, con una radiante sonrisa.

Muchas cosas más podría contar de mis cincuenta y seis heroínas, pero baste agregar que en ellas siempre estuvo latente la alegría, las ganas de construir y de participar, que llevaron a todos los Jardines del pueblo y las escuelitas rurales de la zona sus obritas de teatro, su animación infantil, sus librotes artesanales llenos de fantasía y color. Baste agregar que el día de su egreso portaron como único uniforme una chalina anaranjada, cuyo color, abrazando sus pechos, quería ser un símbolo del fuego interior.

Es posible que algunas se hayan “macheteado” en el último examen, que otras se lleven consigo más faltas de ortografía que las que uno quisiera, pero de algo estoy segura: se llevan consigo un sentimiento de dignidad que las planta como personas en este mundo de masas. Se llevan consigo el valor de alcanzar sus propios sueños con el esfuerzo y el sacrificio, el amor al trabajo y la conciencia de su propia competencia.

En contraposición con aquella acalorada señora que gritaba indignada que su padre había “esperado veinte años que le dieran una casa”, éstas habían luchado esos mismos veinte años por conseguirla por sí mismas. Y partieron de la misma pobreza y soledad. Partieron de la misma situación de indigencia.  La diferencia es, tal vez, que no se dejaron tentar por discursos demagógicos, o acaso la fe que se tuvieron a sí mismas los superó y los dejó de lado. No lo sé con exactitud. Lo que sí es que este año ellas son la razón de mi esperanza.

¡Feliz Año Nuevo!

María Rosa Melendez

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MARÍA ROSA MELÉNDEZ

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