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Apertura del Foro “Los maestros en el Bicentenario”

Instituto Superior de Formación Docente N° 6 “Mons. Jorge Gottau”

A fines del siglo XIX, los fundadores de nuestra Patria se encontraron con una inmensa región poblada de riquezas naturales pero con una pobreza primordial: la falta de recursos humanos.

Esto suscitó la creación de leyes que favorecieran la inmigración. Así fue como durante un siglo,se vio una constante afluencia de extranjeros hacia nuestras tierras, especialmente durante los procesos de las dos guerras mundiales. Se trataba de ciudadanos de antiguas naciones que en busca de paz, poblaron el país y aportaron algo imprescindible: su vocación de trabajo. Con esfuerzo y sacrificio sin medida construyeron ciudades,levantaron fábricas y produjeron cosechas. Pero cómo construir una nación con procedencias tan dispares que, si bien constituían aportes extraordinarios dispersaban la identidad en lo que se llamó un verdadero “crisol de razas”? La respuesta fue la educación. En cada lejano rincón de la Patria, con blancos guardapolvos, se elevaba cada día la enseña nacional, se aprendía nuestra historia, nuestra geografía, nuestra lengua, y, sobre todo, se forjaba nuestro perfil. Esta tarea heroica, que se desarrolló durante un siglo en todo el territorio argentino fue llevado a cabo con perfección inusitada por  los maestros normales. A esta exitosa actividad que fue la base de la construcción de una nación que se constituyó en la séptima potencia mundial y una de las más adelantadas en el terreno de la educación en el mundo, el discurso moderno la llama “homogeneización” en oposición al término “diversidad” tan extendido en esta irónicamente sociedad de pensamiento único, que es mucho menos flexible en sus definiciones.

Ser maestro normal suponía una conducta moral, unos valores que transmitir desde la escuela a la sociedad. La legitimidad de estos jóvencitos que con apenas dieciocho años se paraban frente a los niños en las aulas, estaba basada en un profundo saber preñado de humanismo y una auténtica honradez que suscitaba respeto como base de la relación maestro – sociedad.

Con el devenir de los años, el nombre “maestro” ha sido reemplazado por “docente”. Maestro es el que se encuentra “más arriba”, posee una jerarquia que le brinda su formación, y por esa razón me puede guiar. Docente es simplemente “el que enseña”.

¿Qué nos pasó? Aceptemos que hubo al menos una generación de adultos que falló. Es así. Con la declinación del Estado de Bienestar y el advenimiento del neoliberalismo, se produce el fenómeno de la corrupción y su correlato, la impunidad, en todos los estamentos sociales, en las instituciones y por supuesto, en el sistema educativo. Pero la gota que rebalsa el vaso es, que como consecuencia del gran endeudamiento generado por  esto, los organismos de crédito internacionales, principalmente el Banco Mundial, imponen sus condiciones, perdiéndose las soberanas posibilidades de constituir una nación que se autodetermina, es decir,  hemos roto el juramento de “con gloria morir” y los laureles cuyo mandato era la eternidad ya se secaron. Una de las más dolorosas consecuencias de estas imposiciones fue la disminución del presupuesto para educación, con su sobrenombre “ley federal”, de infeliz vigencia a pesar de los esfuerzos de la Ley de Educación Nacional.

La consecuencia más directa y visible de la disminución presupuestaria está a la vista: los colegios contenedores. Contenedor no dicho en el sentido psicologista sino en alusión a esos baúles de hierro que se amontonan en los puertos. Estos colegios contienen a los alumnos como oscuros recintos en los que se habla todo el día de calidad y equidad pero ninguna de las dos aparece. Están allí. Se los guarda con algunos planes sociales para garantizar la gobernabilidad, término acuñado como eufemismo que equivale a decir: que la masa no explote.

Este es el motivo de la esperanza. Aunque parezca contradictorio, Nunca está más oscuro que cuando va a amanecer. El ver estos rostros jóvenes expectantes frente a los maestro que construyeron la PATRIA, la alegría de este encuentro en el que sienten que aprenderán una lección de vida, las preguntas que esperan ser respondidas como faros que iluminan en medio de la tormenta, hablan de que aún son tomados como modelos, que hay muchos futuros docentes que sueñan con llegar a ser “maestros”. Que así sea.

María Rosa Meléndez

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Inmigrantes…

 

Un pequeño escritor de pueblo, ensoberbecido hasta la gordura por algunas publicaciones vernáculas que ha logrado después de mucho trajinar, envuelto en la ola que va a favor de la corriente, promociona sus sentimientos embozados en términos de ideas, en un diario provinciano de mucha salida. Leyéndolo, pienso: cuántas veces nuestro sistema límbico no nos permite razonar en bien de la verdad y cuántas veces, la demagogia y el populismo obnubilan mentes que pudieron realmente aportar sabiduría a su humanidad.

El bicentenario era el tema anunciado en el título de su artículo. Pero en la pulpa comenzaba a brotar el odio, un odio quién sabe amasado por cuanta frustración acumulada, resentimientos escondidos y ambiciones inconfesas. El hecho es que los que salíamos pagando éramos, (de rigor), los descendientes de inmigrantes, esos que llegaron “hambrientos, harapientos” y no recuerdo cuántas cosas más y que se enriquecieron con lo ajeno…Y así continúa pintando a los abuelos de usurpadores, seres despiadados, ladrones, etc., etc., en desmedro de los pobladores que él llama originarios, quienes eran seres puros, y en quienes residían todos los derechos, (nada dice de deberes)

Frente a este tipo de manifestaciones suelen acontecer dos actitudes: la de los porteños o los religiosos españoles que acosados por la culpa, otorgan toda la razón y se lo pasan realizando colectas y donaciones, o la de los gobiernos como el que nos tocó en suerte, que, con el fin de garantizar la gobernabilidad y perpetuarse hacen lo propio y fomentan, además, versiones históricas distorsionadas.

Yo, que me he pasado la vida, por elección, trabajando sin mayor recompensa que un salario indigno y mucha discriminación hacia mi color de piel (blanca) en lugares donde resignadamente y en silencio traté de edificar sin demagogias ni resentimientos ni odios, lugares mayormente del noroeste argentino, creo que me gané el derecho a alguna pequeña reflexión. Y quiero hacerla.

Quiero, en principio, hacer homenaje y reparación a mis abuelos, (los de todos los descendientes de inmigrantes) que dejando las márgenes del Mediterráneo, llegaron buscando la paz y derramaron con tanto amor, sus esfuerzos y sacrificios, con gratitud y con fe, sobre esta tierra que yacía abandonada. Y en el camino de la construcción, fueron aprendiendo a sentirse argentinos, nos enseñaron la historia, la geografía y los valores nacionales, nos exigieron honradez, austeridad y virtud. Pusieron a presidir el aula el retrato de San Martín y no el del gobernador que hace la vista gorda y enriquece a sus funcionarios. Y murieron en la humildad.

Quiero, por otra parte, repensar las ideas de Paolo Freire, ese inmenso educador que propuso la pedagogía del oprimido en aras de una sociedad basada en la libertad y el amor, cuando nos enseñaba el gran drama de nuestros pueblos. Explicaba que, el oprimido aprendía una forma de conducta y un sistema del cual no se sale sin un esfuerzo de la conciencia. Por lo tanto, en el esquema piramidal que podría representar una sociedad de opresores y oprimidos, el que se encuentra en la base, puja por ascender escalando hacia la cumbre de la pirámide, y cuando llega, repite las mismas conductas opresoras que aprendió de aquellos que lo oprimieron. Freire propone cambiar ese esquema y transformarlo en un círculo.

Efectivamente, uno ve por estos pagos, gracias al otrora magnífico Estado de Bienestar, que la gente que sufría pobreza, ha progresado infinitamente. Los que vivían en ranchos habitan confortables casas; los que trabajaban como hacheros y peones son dueños de grandes extensiones de campos fiscales; los que andaban en zorras manejan camionetas de doble cabina. ¡Qué bien! ¡Qué bien! Justicia. Justicia. Pero ahora son ellos los que oprimen, y no como consecuencia de un pensamiento de época, sino con la corrupción que está tan naturalizada, que verdaderamente no se percibe como tal.

La corrupción y el materialismo envueltos en el manto de la demagogia y de la ignorancia, acunado por las voces que gritan los derechos de los pueblos originarios y que azotan con improperios a todo prócer del pasado argentino, instalada en la cátedra mayor.

Ya no se ve la austeridad, ya no existen la humildad ni el sacrificio. Las cosas no se consiguen noblemente. La vanidad lo cubre todo. Es a diario. Es mediocre. Es desesperanzador.

Pero con cuánta eficiencia se manejan los objetos electrónicos que inventaron esos mismos gringos repelidos y denostados! (perdóneseme esta pequeña ironía que sólo intenta sintetizar un pensamiento).

Sé que todo esto pasará. He vivido lo suficiente como para saber que todo pasa. Sé que volverá el equilibrio. Pero tengamos este alerta, que aprendí de las hoy criticadas maestras normales, hasta ayer, madres de la Nación Argentina: si una enfermedad me inhabilita el brazo, soy conciente de que mi brazo está enfermo, hago rehabilitación y lo curo. Pero, si una enfermedad trastorna mi memoria, cómo podré recordar que necesito curarme?

María Rosa Meléndez

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MARÍA ROSA MELÉNDEZ

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