Posts Tagged ‘MARIA ROSA MELENDEZ’

Consejos al mandamás

 

Cómo decirte que no descubriste

Ni la lluvia ni el diamante.

Que no paseaste conmigo debajo de un paraguas

Por las tristes calles de allá quien sabe dónde,

Que no corriste por el tren

Con un pimpollo marchitándose.

 

No estuviste entre los campos y las palabras

Ni bebiste el elixir de mis bares,

No combatiste por la libertad

Ni lloraste de amor.

 

Sin embargo, te sientas y decides.

 

Como hacerte ver las tardes tristes

Del andén

Y los soles derramados entre las frondas

Si no eres más que un libro gris

Escribiéndose su propia historia,

Un desteñido paisaje de pixeles,

Bravucón informático, ramo de cables,

Cómo abrumarte con el perfume de los lirios morados

Si te cansan los mensajes de texto,

Cómo invitarte a caminar por la costanera de las emociones,

Sin naufragios ni playas.

 

No obstante, levantas la mano

Y mil niños con errores ortográficos

Inundan tus frágiles banderas sin vientos.

 

Qué dioses te mudarán las ropas,

Te pintarán las arrugas de tu rostro invisible.

Ayúdame a comprender esa sonrisa tonta

Que se desliza entre la sombra de inútil  broma.

Espérame en el final de mis experiencias

Con tus desabridas noches virtuales,

Y cuéntame el secreto de tu poder.

 

Yo podría contarte cómo junté los ladrillos

De mi existencia

Para armar mis sueños siderales.

Cómo decirte que no eres más

Que el manubrio de una vieja bicicleta

Disfrazada de ovni.

Atiende a los pegasos.

Todavía vuelan embriagados de altos abismos

En el corazón de la vida.

Puedes perder mis recuerdos

Pero no sobrevivas sin el aliento del fuego.

No congeles los ángeles

De los que se sientan a escuchar tus sentencias.

No te sigas creyendo el mensajero

Porque ninguno de nosotros

Te entregó una carta.

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La Señora del Carballo

La Señora del Carballo

Esa mañana, cuando pregunté a los niños quién iría a la procesión, una de ellos, de quince años tal vez, me respondió: “Yo. Voy a acompañar a la Virgen porque mi bisabuelo fue el que la encontró”.

Me pregunté qué relación tenían entre sí estas viejas historias rurales, de crucifijos y estatuas encontradas en los huecos de los árboles o el vientre erosionado de las rocas con los relatos bíblicos que los misioneros habían desperdigado por sus caminos desde tiempos inmemoriales, me pregunté si éste era el derrotero que soñaron para sus predicaciones. También me interrogué acerca de cómo habrían aparecido después de ser talladas, si por la casualidad o por la trampa y, en todo caso, cuál sería el fenómeno psicológico o social de atribuirles ese milagro totémico.  ¿Acaso es la Iglesia Católica quien promueve estos hechos, o por el contrario, con el corazón contrito, los acompaña procurando iluminarlos? ¿Los estimula o crecen como el yuyo en jardín primaveral de la Teología? Esta última palabra me llevó a pensar en mis lecturas del Dante, en el alto y dificultoso símbolo de Beatrice. Y entonces concluí: “habrá que atravesar el Infierno .

Recordaba Lourdes, aquella réplica impecable que los Asuncionistas lograron en Santos Lugares para el recogimiento y la esperanza de multitud de enfermos. También yo iba de la mano de mi madre a mirar los ojos de una estatua una vez al año. Llevaba grabado en mi corazón el dogma de la Inmaculada Concepción y hubiera dado mi corta vida por defenderlo. Eran épocas difíciles de la Fe. Acaso como éstas. Estos fieles ¿sienten el apasionado calor de los soldados de Cristo? ¿Qué verdad mística expresa esta imagen? Es una carita oscura con un vestidito blanco de seda. ¿Querrá expresar que Dios es Padre de todos por igual en el rostro casi indígena de la madre de Dios? ¿O habrá una localización tribalista en el trasfondo de este sentimiento? De una u otra manera, ¿por qué todos necesitamos matizar a la madre de Dios con los colores de nuestras propias emociones? Renacentista o indígena, oriental o gaucha, tan multifacética, siempre reflejando un solo costado, una sola arista…pero.. . del reflejo del Sol o de nuestra mirada humana…?

¡Ay, Beatrice! ¡Qué difícil!…

La imagen había logrado ser arrebatada del seno de la familia “elegida” y transportada a una pequeña capilla, de líneas clásicas, que resaltaba como un pequeño diamante en el desierto infinito. Pero el paganismo ya estaba instalado. El celo de Monseñor aún no estuvo conforme: a costas de recibir de golpes e insultos, su párroco la trasladó a la entrada del pueblo. En realidad, sólo pudo hacerla llegar hasta allí, aunque debiera haber sido coronada en la Parroquia. Por otra parte, si bien se mira, desde la ruta –el progreso- éste sería el trasero, pues, además, quedó a una cuadra del cementerio, que es como el patio trasero, y en la que otrora fuera la capillita para despedir a los muertos. Se llamaba, por supuesto, La Piedad. Y en su altar ostentaba una impecable fotografía de la gloriosísima obra de Miguel Ángel. (Los legados de la Humanidad, no se reemplazan, por estos tiempos, por tesoros de alto valor artístico. Pareciera que el espiral de la Historia ya no puede ascender…¿ Habremos pasado ya la cumbre de los tiempos? ¿Sólo nos queda bajar, retroceder? Las reivindicaciones sociales nunca más tendrán la magnitud de un Delacroix, un Goya?)

Del triste rostro terroso de la capilla salió la Virgencita portada en andas, en su cajita de vidrio. Una música reiterativa y pegadiza la escoltaba en el aire, una niña desafinaba un violín por delante y, por detrás, el gentío comenzaba a caminar.

Al llegar a la esquina sentí un olor que me produjo náuseas. Levanté la vista. Unos jinetes haciendo caracolear a sus caballos a latigazos, se aprestaban a  presidir la procesión. Efectivamente, el largo recorrido que duró cuatro horas, fue alfombrando el paso de la Virgen con bosta recienregada e hiriendo penitencialmente mis sentidos y mi corazón.

Una jaulita de ganado tirada por un tractor transportaba el equipo de sonido a pocos metros de la imagen. Detrás, un par de religiosas harían oír las oraciones que nadie en la multitud repetiría. El cuadro no podía ser más desolador.

En una de las primeras esquinas se detuvo la marcha. Era una escuela. Allí unos niños dedicaron  una danza. En ellos podía avizorarse toda la hibridez de las zonas de frontera, especialmente, la vestimenta y algunos gestos, entre lo chaqueño y lo salteño. Pero  estaba muy lejos de la hidalguía señorial del gaucho de Gûemes y del fluido ritmo litoraleño, sin embargo, había tanto orgullo en los bailarines como si se tratara de una tradición ancestral.

Así, la procesión, en adelante, se detendría en todas las escuelas. Parecía, incluso, que el recorrido por todos los barrios había sido diagramado tomándolas como puntos de referencia.

La historia argentina, pensé, a pesar de lo que parece, es una grave historia de desencuentros con la Iglesia. Tanto la Iglesia como los caudillos han volcado sus afanes al pueblo. Y en él se encontrado. Es cierto que los curas gauchos asistieron con sus vidas a las guerras de Independencia, pero también es cierto que la Iglesia se vio muchas veces mezclada con los intereses territoriales y las masacres de extranjeros (tan bien calladas hoy día por la versión de la Historia la page), con Rosas y otros dictadores. El antiguo progresismo, en cambio, el liberalismo romántico siempre bregó por un estado laicista y en las épocas del Normalismo, los maestros, que fueron el brazo más eficiente de la Nación, no simpatizaban con Ella. Hasta que, con Perón, se dio vuelta la tortilla. Desde aquella terriblemente célebre procesión de Corpus, los movimientos populares rompieron sus lazos con la Iglesia, en cambio, los sectores conservadores se aliaron, no digo con el clero común, sino con la cúpula eclesial. Lo que me parece más increíble de toda esta historia, es que ni unos ni otros lo tuvieron claro. Cuando todo está oscuro es cuando podemos ver mejor la única luz de la llamita encendida.

Y hablando de llamitas, de pronto, una mujer me detuvo para prender en mi camisa una estampita; su pequeña hija llevaba en la espalda un cartel de tela en el que se leía impreso con grandes letras negras. “Gracias por tus favores”. Imaginé que era un tema de salud. En rigor de verdad, nunca sabremos qué es lo que cura a la gente, si la bioenergía, la kábala, la homeopatía, la medicina alopática o las flores de Bach…lo único que sé es que detrás de todo está Dios, ese Dios tan imposible de comprender como imposible es meter el mar en un hoyo de arena. San Agustín sonríe en mi oportuno pensamiento (¡Ay, Beatrice!)

Todo el camino, por lo demás, fue de agobiante calor y ráfagas de viento que levantaban remolinos de tierra; la gente incontable que iba sumándose; las reflexiones y oraciones que nadie oía; la pegadiza canción y las tímidas vivas a la Virgen; los aplausos tibios promovidos por la guía; los barrios que se sucedían a nuestro paso: los caseríos pobres y desnaturalizados y los barrios hechos por el gobierno para los pobres pero habitados por los más ricos y sus antojadizos frentes compitiendo en ostentación y mal gusto. Pobres y usurpadores en los portales. Algunos ofreciendo el agua contaminada que todos bebemos a diario; otros, aprovechando a vender bebidas y hacerse la semana. Carteles de gratitud y alabanza y algún lapsus como “Virgen, bendice a mi familia”, con ese pronombre posesivo  que nos calza tan bien a los pequeñoburgueses; quien, tomando fotos con cámara digital o filmando; quien, disfrutando del espectáculo que rompía la rutina diaria como un festival folklórico o un acto patrio en la plaza.

A mitad de camino, se oyó una voz militarizada exigiendo a la gente que se encolumnara detrás de la imagen. “¡La Virgen tiene que llevar la delantera!” gritó. Pero a pesar de la insistencia el pueblo rodeaba a la imagen como queriendo abrazar a su fetiche de la suerte con ignorante ternura y devoción.

Más adelante, el viejo cartero, ya jubilado, acaso vencido por la deshidratación, cayó y se desparramó sin remedio en medio de la calle de tierra. Inmediatamente, se solicitó la ambulancia que no tardó en aparecer. La procesión se detuvo. Los enfermeros trataron de alzar al desmayado pero su peso era superior a toda fuerza humana. Entonces se dio la voz de continuar y quedaron asistiéndolo en el piso. “Ya está atendido nuestro amigo” dijo la guía. Y el episodio se olvidó. Pero a mí me pareció ver, aunque no estoy segura, el manto de Beatrice. La peregrinación, el esfuerzo infinito, un símbolo. Y tal vez, era esa lejana posibilidad lo que le daba sentido a todo: a la indiferencia por la oración, a la Virgen convertida en fetiche, a las casas robadas y sus devotos ladrones, a la sed calmada a cambio de monedas, a la bosta que ensuciaba el aire y los zapatos, a los cientos de mercachifles que esperaban con su basura, en la calleja que conducía al santuario, a la mentira de “encontré una imagen en un árbol,¡ups!”. Sí. El eterno símbolo de la peregrinación desde las romerías medievales, que vive ahogado en el alma del Hombre, de todo hombre, del ignorante y del instruido, del necio y del sabio, del cínico y del humilde y, que lo convierte a pesar de Heidegger, en un ser para la eternidad.

Al llegar, los sacerdotes revestidos, nos esperaban para celebrar la misa. En otras épocas era una buena oportunidad para divulgar la verdadera doctrina. En esta ocasión, la predicación orilló la demagogia. ¡Cuánto temor!

Al retirarme, una mujer se acercó cariñosamente hacia mí para regalarme una estampa de San Cayetano. No la acepté. Ella me miró entre perpleja y disgustada, como si sólo el diablo pudiera rechazar semejante presente.

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La Señora del Carballo

La Señora del Carballo

Esa mañana, cuando pregunté a los niños quién iría a la procesión, una de ellos, de quince años tal vez, me respondió: “Yo. Voy a acompañar a la Virgen porque mi bisabuelo fue el que la encontró”.

Me pregunté qué relación tenían entre sí estas viejas historias rurales, de crucifijos y estatuas encontradas en los huecos de los árboles o el vientre erosionado de las rocas con los relatos bíblicos que los misioneros habían desperdigado por sus caminos desde tiempos inmemoriales, me pregunté si éste era el derrotero que soñaron para sus predicaciones. También me interrogué acerca de cómo habrían aparecido después de ser talladas, si por la casualidad o por la trampa y, en todo caso, cuál sería el fenómeno psicológico o social de atribuirles ese milagro totémico.  ¿Acaso es la Iglesia Católica quien promueve estos hechos, o por el contrario, con el corazón contrito, los acompaña procurando iluminarlos? ¿Los estimula o crecen como el yuyo en jardín primaveral de la Teología? Esta última palabra me llevó a pensar en mis lecturas del Dante, en el alto y dificultoso símbolo de Beatrice. Y entonces concluí: “habrá que atravesar el Infierno .

Recordaba Lourdes, aquella réplica impecable que los Asuncionistas lograron en Santos Lugares para el recogimiento y la esperanza de multitud de enfermos. También yo iba de la mano de mi madre a mirar los ojos de una estatua una vez al año. Llevaba grabado en mi corazón el dogma de la Inmaculada Concepción y hubiera dado mi corta vida por defenderlo. Eran épocas difíciles de la Fe. Acaso como éstas. Estos fieles ¿sienten el apasionado calor de los soldados de Cristo? ¿Qué verdad mística expresa esta imagen? Es una carita oscura con un vestidito blanco de seda. ¿Querrá expresar que Dios es Padre de todos por igual en el rostro casi indígena de la madre de Dios? ¿O habrá una localización tribalista en el trasfondo de este sentimiento? De una u otra manera, ¿por qué todos necesitamos matizar a la madre de Dios con los colores de nuestras propias emociones? Renacentista o indígena, oriental o gaucha, tan multifacética, siempre reflejando un solo costado, una sola arista…pero.. . del reflejo del Sol o de nuestra mirada humana…?

¡Ay, Beatrice! ¡Qué difícil!…

La imagen había logrado ser arrebatada del seno de la familia “elegida” y transportada a una pequeña capilla, de líneas clásicas, que resaltaba como un pequeño diamante en el desierto infinito. Pero el paganismo ya estaba instalado. El celo de Monseñor aún no estuvo conforme: a costas de recibir de golpes e insultos, su párroco la trasladó a la entrada del pueblo. En realidad, sólo pudo hacerla llegar hasta allí, aunque debiera haber sido coronada en la Parroquia. Por otra parte, si bien se mira, desde la ruta –el progreso- éste sería el trasero, pues, además, quedó a una cuadra del cementerio, que es como el patio trasero, y en la que otrora fuera la capillita para despedir a los muertos. Se llamaba, por supuesto, La Piedad. Y en su altar ostentaba una impecable fotografía de la gloriosísima obra de Miguel Ángel. (Los legados de la Humanidad, no se reemplazan, por estos tiempos, por tesoros de alto valor artístico. Pareciera que el espiral de la Historia ya no puede ascender…¿ Habremos pasado ya la cumbre de los tiempos? ¿Sólo nos queda bajar, retroceder? Las reivindicaciones sociales nunca más tendrán la magnitud de un Delacroix, un Goya?)

Del triste rostro terroso de la capilla salió la Virgencita portada en andas, en su cajita de vidrio. Una música reiterativa y pegadiza la escoltaba en el aire, una niña desafinaba un violín por delante y, por detrás, el gentío comenzaba a caminar.

Al llegar a la esquina sentí un olor que me produjo náuseas. Levanté la vista. Unos jinetes haciendo caracolear a sus caballos a latigazos, se aprestaban a  presidir la procesión. Efectivamente, el largo recorrido que duró cuatro horas, fue alfombrando el paso de la Virgen con bosta recienregada e hiriendo penitencialmente mis sentidos y mi corazón.

Una jaulita de ganado tirada por un tractor transportaba el equipo de sonido a pocos metros de la imagen. Detrás, un par de religiosas harían oír las oraciones que nadie en la multitud repetiría. El cuadro no podía ser más desolador.

En una de las primeras esquinas se detuvo la marcha. Era una escuela. Allí unos niños dedicaron  una danza. En ellos podía avizorarse toda la hibridez de las zonas de frontera, especialmente, la vestimenta y algunos gestos, entre lo chaqueño y lo salteño. Pero  estaba muy lejos de la hidalguía señorial del gaucho de Gûemes y del fluido ritmo litoraleño, sin embargo, había tanto orgullo en los bailarines como si se tratara de una tradición ancestral.

Así, la procesión, en adelante, se detendría en todas las escuelas. Parecía, incluso, que el recorrido por todos los barrios había sido diagramado tomándolas como puntos de referencia.

La historia argentina, pensé, a pesar de lo que parece, es una grave historia de desencuentros con la Iglesia. Tanto la Iglesia como los caudillos han volcado sus afanes al pueblo. Y en él se encontrado. Es cierto que los curas gauchos asistieron con sus vidas a las guerras de Independencia, pero también es cierto que la Iglesia se vio muchas veces mezclada con los intereses territoriales y las masacres de extranjeros (tan bien calladas hoy día por la versión de la Historia la page), con Rosas y otros dictadores. El antiguo progresismo, en cambio, el liberalismo romántico siempre bregó por un estado laicista y en las épocas del Normalismo, los maestros, que fueron el brazo más eficiente de la Nación, no simpatizaban con Ella. Hasta que, con Perón, se dio vuelta la tortilla. Desde aquella terriblemente célebre procesión de Corpus, los movimientos populares rompieron sus lazos con la Iglesia, en cambio, los sectores conservadores se aliaron, no digo con el clero común, sino con la cúpula eclesial. Lo que me parece más increíble de toda esta historia, es que ni unos ni otros lo tuvieron claro. Cuando todo está oscuro es cuando podemos ver mejor la única luz de la llamita encendida.

Y hablando de llamitas, de pronto, una mujer me detuvo para prender en mi camisa una estampita; su pequeña hija llevaba en la espalda un cartel de tela en el que se leía impreso con grandes letras negras. “Gracias por tus favores”. Imaginé que era un tema de salud. En rigor de verdad, nunca sabremos qué es lo que cura a la gente, si la bioenergía, la kábala, la homeopatía, la medicina alopática o las flores de Bach…lo único que sé es que detrás de todo está Dios, ese Dios tan imposible de comprender como imposible es meter el mar en un hoyo de arena. San Agustín sonríe en mi oportuno pensamiento (¡Ay, Beatrice!)

Todo el camino, por lo demás, fue de agobiante calor y ráfagas de viento que levantaban remolinos de tierra; la gente incontable que iba sumándose; las reflexiones y oraciones que nadie oía; la pegadiza canción y las tímidas vivas a la Virgen; los aplausos tibios promovidos por la guía; los barrios que se sucedían a nuestro paso: los caseríos pobres y desnaturalizados y los barrios hechos por el gobierno para los pobres pero habitados por los más ricos y sus antojadizos frentes compitiendo en ostentación y mal gusto. Pobres y usurpadores en los portales. Algunos ofreciendo el agua contaminada que todos bebemos a diario; otros, aprovechando a vender bebidas y hacerse la semana. Carteles de gratitud y alabanza y algún lapsus como “Virgen, bendice a mi familia”, con ese pronombre posesivo  que nos calza tan bien a los pequeñoburgueses; quien, tomando fotos con cámara digital o filmando; quien, disfrutando del espectáculo que rompía la rutina diaria como un festival folklórico o un acto patrio en la plaza.

A mitad de camino, se oyó una voz militarizada exigiendo a la gente que se encolumnara detrás de la imagen. “¡La Virgen tiene que llevar la delantera!” gritó. Pero a pesar de la insistencia el pueblo rodeaba a la imagen como queriendo abrazar a su fetiche de la suerte con ignorante ternura y devoción.

Más adelante, el viejo cartero, ya jubilado, acaso vencido por la deshidratación, cayó y se desparramó sin remedio en medio de la calle de tierra. Inmediatamente, se solicitó la ambulancia que no tardó en aparecer. La procesión se detuvo. Los enfermeros trataron de alzar al desmayado pero su peso era superior a toda fuerza humana. Entonces se dio la voz de continuar y quedaron asistiéndolo en el piso. “Ya está atendido nuestro amigo” dijo la guía. Y el episodio se olvidó. Pero a mí me pareció ver, aunque no estoy segura, el manto de Beatrice. La peregrinación, el esfuerzo infinito, un símbolo. Y tal vez, era esa lejana posibilidad lo que le daba sentido a todo: a la indiferencia por la oración, a la Virgen convertida en fetiche, a las casas robadas y sus devotos ladrones, a la sed calmada a cambio de monedas, a la bosta que ensuciaba el aire y los zapatos, a los cientos de mercachifles que esperaban con su basura, en la calleja que conducía al santuario, a la mentira de “encontré una imagen en un árbol,¡ups!”. Sí. El eterno símbolo de la peregrinación desde las romerías medievales, que vive ahogado en el alma del Hombre, de todo hombre, del ignorante y del instruido, del necio y del sabio, del cínico y del humilde y, que lo convierte a pesar de Heidegger, en un ser para la eternidad.

Al llegar, los sacerdotes revestidos, nos esperaban para celebrar la misa. En otras épocas era una buena oportunidad para divulgar la verdadera doctrina. En esta ocasión, la predicación orilló la demagogia. ¡Cuánto temor!

Al retirarme, una mujer se acercó cariñosamente hacia mí para regalarme una estampa de San Cayetano. No la acepté. Ella me miró entre perpleja y disgustada, como si sólo el diablo pudiera rechazar semejante presente.

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Ronda de Mayo

 

En la mañana  de mayo

Dos señoras se encontraron.

Una soñaba el futuro.

Otra soñaba el pasado

 

–          Hola, señora de Mayo

Toda vestida de historia.

¿Qué se siente esta mañana

Entre el otoño y la gloria?

 

–          Siento el corazón de acero

Para avivar en la Plaza

Y el miriñaque apretado

Porque la emoción rebaza.

 

–          ¿Y sabe usted, ciertamente,

Que es lo que pasa, señora?

–          Eso estamos preguntado

Mulatos, dones y doñas.

 

Sin embargo sospechamos,

Por lo que fue la semana,

Que esta vez será muy noble

La decisión esperada

 

Porque allí adentro se encuentran

Moreno, el jurisconsulto

Y Belgrano, otro abogado

Que entienden de estos asuntos.

 

Alberti, que es orador

Y Paso, buen comerciante,

Como Larrea y Beruti,

Caballeros de los de antes.

 

Saavedra, el gran militar:

Reunidos todos están

Y ya nos van avisando

Que una junta formarán

 

Y será el gobierno patrio

Donde nazca la Argentina

Como un nido de esperanzas

Y de provincias unidas.

 

–          ¿Y que espera usted que ocurra?

Si se puede preguntar,

Cuando pasen muchos años

Y nuestra Patria eche a andar?

 

Espero que nuestros sueños

Siempre los sepan guardar,

Porque será duramente

Peleada la libertad.

 

Y la libertad solita

No tiene nada que hacer

Si no le ponemos alas

Para pensar y crecer.

 

–          Es cosa fácil señora

evocar nuestro pasado

–          Segura estoy que el futuro

Tendrá discurso y feriado .

 

Democracia y tres poderes

Y  leyes que respetar

Con honestos  ciudadanos

Que gusten de trabajar,

 

Sinceros representantes

De la clase popular

Y educadores centrados

Que la quieran educar.

 

–          Señora,  qué bien que suena

Su esperanza y su decir

Tal vez encontremos eso

En la Patria por venir…

 

Pero si no lo encontraran

Por egoísmo o ruindad

¡Qué pena me da esta plaza

Y su hambre de libertad!

 

En la mañana  de mayo

Dos señoras se encontraron.

Una soñaba el futuro.

Otra soñaba el pasado.


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No soy aquí.
Soy la casa en la calle de tierra
la ventana al sur
con su luna profusa entre desvelos
y la florida glicina cayendo
sobre una mesa con gatos y cuadernos.

No soy ahora.
Soy calcinantes veranos
de paso sigiloso por las piedras
de los días migratorios
entre caliza tristeza.

No soy aquí.
Soy eucaliptos y trigales
viejo muro de iglesia
jardín de salsivieras tesoneras
soy aljibe con ecos de tormentas.

No soy ahora.
Soy niños de cambiantes ilusiones
frías mañanas como azules lobas
que aúyan en las horas de la gracia y la pena.

No soy aquí.
Soy la escalera de caracol
el olor a frascos con brotadas batatas.
Un baño convertido en sala de torturas.

No soy ahora.
Soy esas horas del dolor y la tortura
que me regaló Juana, la abuela desalmada,
negro derrumbe de la infancia con frutillas
en aquel piso de la calle Uriburu.

No soy aquí.
Soy medievales abadías y castillos con heraldos
donde labran acero
ocultas bibliotecas en silencio
perdidos puentes entre densos bosques.

No soy ahora.
Soy tiempos con juglares
enamorados de la cuadernavía
y barbudos cruzados que cabalgan
por los verdosos campos del todavía.

 

Maria Rosa Melendez

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Avanza la luna
en la tarde húmeda
en el cielo del patio
fundador de sueños.
Las flores amarillas
del árbol de tu infancia
se han reunido en su seno.

Como un cuento olvidado
caminan las hormigas
sobre el altar del tiempo.
Y en las sombras azules
se dilatan mis ojos
buscando tus recuerdos…

Maria Rosa Melendez

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Avanza la luna
en la tarde húmeda
en el cielo del patio
fundador de sueños.
Las flores amarillas
del árbol de tu infancia
se han reunido en su seno.

Como un cuento olvidado
caminan las hormigas
sobre el altar del tiempo.
Y en las sombras azules
se dilatan mis ojos
buscando tus recuerdos…

Maria Rosa Melendez

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Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un reporte para el año 2011 de este blog.

Aqui es un extracto

Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 6.100 veces en 2011. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 5 viajes transportar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

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La casa

La casa
 
Redondeará su hostilidad el barrio
procurando secuestrar la luz de mis laberintos.
Silencios emergerán de ocultas conclusiones
Develadas al amparo de alguna cocina o algún patio
Y convertidas en ilustrada indiferencia
Pasarán por mi vereda ahuyentando gorriones.
Así transcurrirán veinte años.
O más.
Yo
Rodearé con mi cinta verdilúmina
Tu cintura ordinaria
Y sembraré tus anchos brazos
Para alcanzar la tarde con árboles y flores.
Me darás la gracia de una rama florecida
Y la risa de mis hijos en el agua
Y después
En el sillón hamaca
Sus sueños ebrios de oro.
Cobijarás el viaje de las palomas mensajeras
Y suavizarás los vientos y las sequías.
Tú envolverás mi vida
Distante
Y triste
Hasta que me parezca familiar el tiempo.

(de Construcciones) María Rosa Meléndez

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Oda al tiempo

Oda al tiempo



Labrada por el aire

De la tarde

Vuela en dos alas

La pregunta

Es inestable, se detiene y regresa

Y salta sobre sí misma

Como un carbón en llamas

El dolor del tiempo

Nace entre neurasténicas flores

Se estremece con el llamado de la noche

Y es un abismo de sentidos arremolinados

Bajan a lo hondo de la experiencia

Y resucitan en mis mortales manos

Mientras ya desaparecen mis pertenencias

Y mis amigos.

Llegan inocentes y crueles

Los nuevos propietarios de la risa.

Ellos navegarán el mismo río.


(de Construcciones)María Rosa Meléndez


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Angelus

Del rosa de la rosa nació el Ave

Que en el sereno espacio del ocaso

A la oración del Ángel abrió paso  

Y la gracia posó  con gesto suave.

 

En el gentil anuncio de la vida

Nunca más bella fuera la esperanza,

Nunca más detenida la templanza

Que en los labios clementes de María

 

Cuánto más claro el corazón lucía…

Pleno de luz y de silencio adora

Al Niño que en el seno se acomoda

 

Y en paciente ternura conmovida

Sabe de la dulzura de esta hora

Y la  hora futura de la herida.

 

María Rosa Meléndez

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Angelus

Del rosa de la rosa nació el Ave

Que en el sereno espacio del ocaso

A la oración del Ángel abrió paso  

Y la gracia posó  con gesto suave.

 

En el gentil anuncio de la vida

Nunca más bella fuera la esperanza,

Nunca más detenida la templanza

Que en los labios clementes de María

 

Cuánto más claro el corazón lucía…

Pleno de luz y de silencio adora

Al Niño que en el seno se acomoda

 

Y en paciente ternura conmovida

Sabe de la dulzura de esta hora

Y la  hora futura de la herida.

 

María Rosa Meléndez

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 27º Certamen Literario Nacional del Inmigrante

1er. PREMIO: POESIA

Romance de la Patria Niña

“. María Rosa Meléndez “

Otorgado por la  La Federación de Entidades de Bien Público de Berisso

Romance de la Patria Niña

Cuando llegó el abuelo
Era niña la Patria,
Sus campos asustados
Bajo el cielo soñaban
Aún con los espectros
De las lides pasadas…
Virreyes de alta alcurnia,
Colonos y mesnadas
Que sembraron desiertos
De caballos y vacas,
Que dejaron al paso
De su bota y su espada
La lengua fabulosa
Que nutre nuestra savia.
Aún se escuchaban ecos
De gloriosas hazañas
Del  parto doloroso
Que gestó en las quebradas
Los llanos y los montes
El mar y las montañas
La sangre de los héroes
Y el alba de una raza.
El abuelo ( y su guerra)
Con hambre y esperanza
Remangó la camisa
Y empezó la labranza.
En sus hombros crecieron
Los trigales, las zafras,
Los caminos y puentes,
Los talleres, las fábricas.
Y un sentimiento nuevo
De terruño y nostalgia.

Y era niña la patria…

Mi madre fue a la escuela
Con un par de alpargatas.
De blanco, la maestra,
Viejas rondas cantaba,
Y le contó la historia,
Y le habló de distancias,
Y en el patio, una enseña
De sol, celeste y blanca,
Premio y honor, los niños,
Izaban en el alba.
Mi madre aprendió el nombre
De todos los patriarcas,
Y se detuvo en Mayo,
Vestidita de dama
Sirviendo chocolate
En bandeja de plata,
Y recitando versos
Bajo el sol de la plaza.
El mito creó al tiempo
Y el tiempo la esperanza.

Y era niña la Patria…

En el sillón vetusto
Bajo la vieja parra
Por descansar, me siento,
Esta cansada espalda.
Abro el libro y aprendo,
La historia revisada,
Los nuevos paradigmas,
Las viejas añagazas,
Las opiniones frescas
Los discursos que estallan,
Los polémicos arcos,
Las flechas disparadas.
(Y el pueblo… adormecido
De la ruidosa trama).
Casi lloro, mas cedo,
Se reconforta mi alma:
Sólo doscientos años
Tiene mi niña Patria.

Y es tan niña la Patria…

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 27º Certamen Literario Nacional del Inmigrante

1er. PREMIO: POESIA

Romance de la Patria Niña

“. María Rosa Meléndez “

Otorgado por la  La Federación de Entidades de Bien Público de Berisso

Romance de la Patria Niña

Cuando llegó el abuelo
Era niña la Patria,
Sus campos asustados
Bajo el cielo soñaban
Aún con los espectros
De las lides pasadas…
Virreyes de alta alcurnia,
Colonos y mesnadas
Que sembraron desiertos
De caballos y vacas,
Que dejaron al paso
De su bota y su espada
La lengua fabulosa
Que nutre nuestra savia.
Aún se escuchaban ecos
De gloriosas hazañas
Del  parto doloroso
Que gestó en las quebradas
Los llanos y los montes
El mar y las montañas
La sangre de los héroes
Y el alba de una raza.
El abuelo ( y su guerra)
Con hambre y esperanza
Remangó la camisa
Y empezó la labranza.
En sus hombros crecieron
Los trigales, las zafras,
Los caminos y puentes,
Los talleres, las fábricas.
Y un sentimiento nuevo
De terruño y nostalgia.

Y era niña la patria…

Mi madre fue a la escuela
Con un par de alpargatas.
De blanco, la maestra,
Viejas rondas cantaba,
Y le contó la historia,
Y le habló de distancias,
Y en el patio, una enseña
De sol, celeste y blanca,
Premio y honor, los niños,
Izaban en el alba.
Mi madre aprendió el nombre
De todos los patriarcas,
Y se detuvo en Mayo,
Vestidita de dama
Sirviendo chocolate
En bandeja de plata,
Y recitando versos
Bajo el sol de la plaza.
El mito creó al tiempo
Y el tiempo la esperanza.

Y era niña la Patria…

En el sillón vetusto
Bajo la vieja parra
Por descansar, me siento,
Esta cansada espalda.
Abro el libro y aprendo,
La historia revisada,
Los nuevos paradigmas,
Las viejas añagazas,
Las opiniones frescas
Los discursos que estallan,
Los polémicos arcos,
Las flechas disparadas.
(Y el pueblo… adormecido
De la ruidosa trama).
Casi lloro, mas cedo,
Se reconforta mi alma:
Sólo doscientos años
Tiene mi niña Patria.

Y es tan niña la Patria…

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Cristina: fin y principio

Dentro de mil años, si es que existen el planeta y la humanidad tal cual los conocemos, es posible que se estudie en las lecciones de Historia que en las naciones como la Argentina convivían dos castas o clases dominantes: la de los militares y la de los políticos. Ambas se turnaban en el comando, si bien sometidas a pujas internas, por una razón elemental: los dictados de aquellos que mueven los hilos no tan invisibles del destino humano, en función de su propia supervivencia. Quiero decir, que a cada una de estas castas le toca el poder cuando puede ser respuesta al devenir propuesto por el verdadero Poder, en función de las reales políticas a seguir para mantener el difícil y necesario equilibrio de la conservación, en una tierra en la que se gastan ingentes cantidades de energía no renovable y la superpoblación fenomenal  choca con la falta de recursos laborales, único método conocido por el hombre hasta el siglo XX, para lograr su subsistencia y su progreso en base a su dignidad.

Esto, hasta el presente. Pero  veamos qué ocurre en los albores del siglo XXI. Las masas necesitadas, no sólo de techo y comida sino también de todo aquello que la producción industrial y tecnológica genera para sostener a las clases acomodadas en base a su comercialización, no encuentran, debido a su crecimiento poblacional y su falta de capacitación, modo de adquirir estos bienes. Falta el trabajo y los posibles aspirantes están muy lejos de poseer, mínimamente, los conocimientos necesarios para abordarlo. Inútil es que las escuelas públicas aumenten el número de años de asistencia obligatoria. Podrían hacerlo hasta el infinito. Un profesor de escuela pública, según lo aprendido a partir de sus programas, no cubre ni básicamente, los saberes que se necesitan tanto en tecnología, computación, idiomas o avance de cualquier ciencia aplicada. Los verdaderos “billgatitos” urbanos estudian en otros sitios y de otra manera. Ellos, los que dirigirán el mundo, son los pocos y ciertos depositarios del saber. No circulan por las redes convencionales. No miran la televisión, que quedó como alimento de masas, no leen lo que las mayorías leen, no se preparan ni piensan igual.

En tanto se hace necesario la gobernabilidad de estas masas crecientes de desocupados y caídos del sistema. Para esto se necesitan gobiernos que sustenten los llamados planes sociales, es decir, brindar un mínimo de contención en alimentos y en la ilusión de vivir con todo lo que la tecnología genera (lo cual, no olvidemos, sostiene la industria tecnológica y detrás de la que se asienta las clases acomodadas y sus billgatitos).

Proyectos como “el tren bala” fracasan porque son irrelevantes para sostener esta realidad. En cambio, “fútbol para todos” o “asignación universal por hijo”, son planes que sustentan la gobernabilidad. Y es necesario gobernar a estas masas. En realidad, todo plan, por generoso que sea supone un gran ahorro si pensamos cuánto se gastaría en verdaderos planes de educación y ordenamiento social y laboral.

El fenómeno de crecimiento de masas, que viene siendo anunciado por los especialistas y analistas simbólicos desde mediados del siglo pasado, es hoy una realidad. Gobiernos como los de Cristina, una respuesta. Es Cristina como podría ser Juanita, Pepito o Pedrito. Títeres de las corporaciones internacionales que determinan los rumbos a seguir.

Supo decir el Papa Juan Pablo II  que los delitos de ayer son las leyes de hoy. Aún estos cambios culturales vienen prefijados. ¿Se puede creer, por ventura, que la despenalización del aborto o el matrimonio gay son derechos adquiridos gracias a la lucha de sus protagonistas? Observemos cómo enemigos tales como el gobierno de Cristina y el holding de Clarín apuntan sus cañones al mismo objetivo –la Iglesia- si se trata de estos temas.  Es que responden a la misma consigna: disminuir el crecimiento poblacional. En esta misma línea corre también, me aventuro a deducir, la des erotización producida por la excesiva exposición pornográfica en los programas de televisión para masas.

De hecho, se puede aseverar, ahondando en las palabras de Juan Pablo II, que el trabajo ya no es considerado fuente de dignidad, es decir, procurarse el alimento se va volviendo una realidad tan hostil, que sólo puede ser sostenida por gobiernos populistas que lo brindan junto con el techo y una pseudoeducaciòn, de manera gratuita. Para sostener esta realidad sin malherir los sentimientos de las masas hay que hablar de “derechos”. Ahora bien, esos derechos no se fundamentan en ninguna teoría que proponga al hombre como un ser trascendental, dado que por la naturaleza de la dádiva, sería un contrasentido. Son derechos y nada más. Porque sí. Es la muerte de la Filosofía. La posesión de la tierra, por otra parte, también surge como un derecho nuevo, ya no como consecuencia del esfuerzo y del trabajo, como proponían los códigos del siglo pasado, cuando inmigrantes lograban a través de toda una vida de madrugones y lumbagos, adquirir una finca para el sustento de su familia. En cambio, los grandes latifundios que explotan el negocio del alimento a partir del monopolio de la venta de semillas son contrarrestados por discursos oficiales en defensa de los pueblos originarios .A estos pueblos originarios – en ocasiones nada originarios- se atribuye por derecho la posesión de las tierras fiscales para establecer su hábitat. (En realidad, todos somos originarios si se lo piensa). Nada se dice de su derecho al trabajo. Por cierto, no lo hay.

El inmigrante no es considerado una riqueza, a pesar de los discursos que se centran en la discriminación, sino una peste. Y¿ qué otra cosa puede ser en un mundo carente de recursos? Por esta razón es que también los gobiernos populistas toman sus banderas. Es decir, se trata de asumir el sostén de las masas ignorantes  y hambrientas para su control. Estos gobiernos, son,  para las corporaciones y sus ciudadanos de primera,  imprescindibles, y para las mayorías descastadas, una cuestión de supervivencia.

María Rosa Meléndez

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 25 de Mayo de 2.011

 

25 de Mayo. Bronce y lluvia.

Patria que germinaste en el otoño.

Te están buscando todavía los sueños

En las estatuas y en los escombros.

 

25 de Mayo de la infancia

En el manual que aprende la memoria:

“Saavedra  presidente, Secretario Moreno…”

Y el alma niña se encendía en gloria…

 

Te están amando todavía

el encendido fuego y el milagro,

La triste y sabia sombra que la vida

Pasa para velar los desengaños.

 

25 de Mayo y pergaminos

Ocres… revueltas y proclamas.

Chocolate y Te Deum y granaderos

Y el Acto de la Plaza.

 

Todavía te esperan los jazmines

Que no quiere laureles esta historia,

Porque Mayo y sus hombres le enseñaron

Qué triste puede ser la demagogia.

 

25 de Mayo y en el cielo

El sol dorado de vibrantes rayos.

Los niños que recitan nuestros versos

Y siguen nuestros pasos

 

Esperan todavía el patriotismo

Callado del trabajo,

La música divina de la fábrica

El místico mugido de los campos.

 

El colosal esfuerzo del estudio,

El austero perfil  del gobernante,

25 de mayo. Bronce y lluvia

¿Cuándo será como antes?

 

María Rosa Meléndez

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Crónica de una Gruta

Quiere que le diga? El mejor albañil de Monte Quemado es don Julio Abet. Y el más paciente, mire. Se pasó en el patio del colegio todo el ardiente enero y sus colosales lluvias esperando que alguien le dijera qué era lo que tenía que hacer. Y así, recién en febrero, apareció el amigo que me ayudó a explicarme, como si hubiera leído mi mente (lo cual es muy difícil de por sí), y le dijo, trazando con un cascote de ladrillo, una enorme parábola en la pared:”  Mire, don Julio, esto es lo que quieren hacer acá. Así”. De esta manera, ambos empezaron a convocar a las piedras, una por una, sobre el enorme armazón de hierro. Las de las sierras cordobesas, rojas y deslumbrantes de mica; las salteñas, que trajo el Padre Gabriel del lecho del río, tan señoriales ellas; las de Pepe, grises y contundentes; las bellísimas lajas negras… Y entonces se agolparon las preguntas y las ideas de don Julio y de mi amigo, junto con las piedras…, créame, esta obra lleva los mil y un materiales que artista alguno  se pueda imaginar. Hasta que febrero se hacía corto y pedí ayuda  al Secretario de Obras Públicas, (mire el orgullo con que lo digo:” mi ex alumno”, Pichón, que tomó su celular como un príncipe y resolvió la situación con dos palabras. Él trajo a  los muchachos: a Miguel Ángel Mendoza, a Fredy Aranda, a Enrique Orellana, a Miguel Mansilla. Al principio, serios y distantes, como sin entender. Pero le aseguro que es cosa de la Virgen, que en pocos días, todos se mostraron dispuestos a ayudar y a construir entre risas y trabajo. Animados, laboriosos, buenos… Tanto, que el asado de despedida pareció una fiesta .

Por fin Don Verón, le cuento, instaló unas luces blancas, regalo de   María Teresa. Esa noche misma  iluminaron la gran cueva como la luna llena de Pascua.

Así, piedra a piedra, y sueño a sueño, llegó el momento especial. Viera con qué respeto y delicadeza, Abet  colocó la blanca y pequeña imagen de la Virgen de Lourdes. Claro, pues! ¡Ella era el centro de nuestro universo!


De esta manera se hizo realidad el emprendimiento, resultado de tantos aportes como son las y los chicos del profesorado, los profesores, Sonia y Mariela que anduvieron tras la rifa, recaudando de a poquito, con paciencia y tesón. Por eso la gruta se parece a nosotros, igualita. Porque estuvimos todos juntos como las piedras, de distinto color, diversas y originales, pero amalgamadas en la misión.


Por supuesto, una clara mañana apareció. Mire, de los que pasaban por allí, hasta los ojos de esos que en lugar de mirar espían, vio? Hasta los ojos de esos se ponían grandes. Era realmente bella, una gran artesanía, como dijo don Julio.

Pero faltaban las flores! Divinas flores correntinas trajo Mirna. Para más, Gabi, con su delicado temperamento, adornó el gran macetero que posa debajo de la Virgen, con jazmines celestes, como su manto, y algunas rositas rococó, que se asoman como pequeñas plegarias junto a los entrelazados ramos verdes .

El 11 de marzo, el día en que el Colegio “San Francisco Solano” celebre sus Bodas de Oro, será bendecida y entregada a la comunidad.  Con contenida emoción pensaré en aquellos franciscanos que vinieron de tan lejos trayendo este mensaje, me remontaré a los que, mirando los dulces ojos de María, elevarán esa súplica por aquel enfermo, por esta otra necesidad. Y contemplaré en mi corazón los ocasos que el Ángelus vestirá de misterio y rosa. Luego me iré despacio.

María Rosa Meléndez

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Quiere que le diga? El mejor albañil de Monte Quemado es don Julio Abet. Y el más paciente, mire. Se pasó en el patio del colegio todo el ardiente enero y sus colosales lluvias esperando que alguien le dijera qué era lo que tenía que hacer. Y así, recién en febrero, apareció el amigo que me ayudó a explicarme, como si hubiera leído mi mente (lo cual es muy difícil de por sí), y le dijo, trazando con un cascote de ladrillo, una enorme parábola en la pared:”  Mire, don Julio, esto es lo que quieren hacer acá. Así”. De esta manera, ambos empezaron a convocar a las piedras, una por una, sobre el enorme armazón de hierro. Las de las sierras cordobesas, rojas y deslumbrantes de mica; las salteñas, que trajo el Padre Gabriel del lecho del río, tan señoriales ellas; las de Pepe, grises y contundentes; las bellísimas lajas negras… Y entonces se agolparon las preguntas y las ideas de don Julio y de mi amigo, junto con las piedras…, créame, esta obra lleva los mil y un materiales que artista alguno  se pueda imaginar. Hasta que febrero se hacía corto y pedí ayuda  al Secretario de Obras Públicas, (mire el orgullo con que lo digo:” mi ex alumno”, Pichón, que tomó su celular como un príncipe y resolvió la situación con dos palabras. Él trajo a  los muchachos: a Miguel Ángel Mendoza, a Fredy Aranda, a Enrique Orellana, a Miguel Mansilla. Al principio, serios y distantes, como sin entender. Pero le aseguro que es cosa de la Virgen, que en pocos días, todos se mostraron dispuestos a ayudar y a construir entre risas y trabajo. Animados, laboriosos, buenos… Tanto, que el asado de despedida pareció una fiesta .

Por fin Don Verón, le cuento, instaló unas luces blancas, regalo de   María Teresa. Esa noche misma  iluminaron la gran cueva como la luna llena de Pascua.

Así, piedra a piedra, y sueño a sueño, llegó el momento especial. Viera con qué respeto y delicadeza, Abet  colocó la blanca y pequeña imagen de la Virgen de Lourdes. Claro, pues! ¡Ella era el centro de nuestro universo!


De esta manera se hizo realidad el emprendimiento, resultado de tantos aportes como son las y los chicos del profesorado, los profesores, Sonia y Mariela que anduvieron tras la rifa, recaudando de a poquito, con paciencia y tesón. Por eso la gruta se parece a nosotros, igualita. Porque estuvimos todos juntos como las piedras, de distinto color, diversas y originales, pero amalgamadas en la misión.


Por supuesto, una clara mañana apareció. Mire, de los que pasaban por allí, hasta los ojos de esos que en lugar de mirar espían, vio? Hasta los ojos de esos se ponían grandes. Era realmente bella, una gran artesanía, como dijo don Julio.

Pero faltaban las flores! Divinas flores correntinas trajo Mirna. Para más, Gabi, con su delicado temperamento, adornó el gran macetero que posa debajo de la Virgen, con jazmines celestes, como su manto, y algunas rositas rococó, que se asoman como pequeñas plegarias junto a los entrelazados ramos verdes .

El 11 de marzo, el día en que el Colegio “San Francisco Solano” celebre sus Bodas de Oro, será bendecida y entregada a la comunidad.  Con contenida emoción pensaré en aquellos franciscanos que vinieron de tan lejos trayendo este mensaje, me remontaré a los que, mirando los dulces ojos de María, elevarán esa súplica por aquel enfermo, por esta otra necesidad. Y contemplaré en mi corazón los ocasos que el Ángelus vestirá de misterio y rosa. Luego me iré despacio.

María Rosa Meléndez

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Educar significa “conducir, guiar, encaminar”. Determinar que no hay sanciones para los que cometen delitos es educar, seguramente, es conducir pero al abismo.

Durante Los días pasados se escuchó a algunos “especialistas” repetir infinidad de veces en los distintos medios de comunicación que los niños que matan no son culpables porque necesitan educación.

Estas consideraciones, inigualables en su pobreza ética, parecería ser que se contradicen a sí mismas, pues decir a un joven que no es culpable por haber realizado el acto de quitar la vida a un semejante equivale, no sólo a otorgar el permiso para matar sino también a realizar el acto contrario a lo que se pregona: no educar.

Educar significa “conducir, guiar, encaminar”. Determinar que no hay sanciones para los que cometen delitos es educar, seguramente, es conducir pero al abismo. La irresponsabilidad de los que, en aras del ejercicio de una demagogia cada día más irracional y precipitada, se llaman “especialistas” y desbaratan la verdadera pedagogía masivamente, arrastra a toda la sociedad a consecuencia cada vez más irreparables.

Lo primero que deberíamos preguntarnos es qué derivaciones puede llegar a tener nuestro discurso. Si realmente nos preocupa contribuir a la construcción de una sociedad educada, abordemos estas cuestiones con sentido ético y con contenidos profundos.“Un ciego no puede guiar a otro ciego”.

En los treinta años que llevo participando en los distintos niveles del sistema educativo y advirtiendo el progresivo deterioro que es producto de este tipo de discurso, he comprobado que el crecimiento de la persona y el sentido de responsabilidad social están íntimamente vinculados con la interiorización de pautas morales, con la estructuración de una personalidad que puede discernir el bien y el mal. El hecho de sancionar a un joven por no responder a la confianza que se le brinda, no es traumatizar ni reprimir, señores especialistas, es EDUCAR.

La vida tiene un valor sagrado. No se puede enseñar a nuestra propia especie que está permitido eliminarla. Nadie tiene derecho a pasar impune porque no la respeta. Es la primera y más elemental regla de la EDUCACIÓN.

María Rosa Meléndez

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María Elena, la de los versos familiares

Era la adolescencia empecinada. Tus versos se hicieron senderos por los que comenzamos a amar la poesía. Nos llevaste de la mano por las calles de Buenos Aires a conocer las estatuas que nos contaron cuentos de la Patria, nos remontaste sobre el horizonte a volar sobre una ciudad con campanarios y cisnes, nos enseñaste a amar la tierra de uno con su verano de jazmines desde el desarraigo de nuestro corazón , a que revalorizamos la vejez haciéndonos ver triciclos azules, a que amáramos la vida desde el olor a espanto de la guerra que enloqueció tu joven corazón, a reírnos de los que tienen la sartén por el mango y el mango también y a despreciar a los críticos con idea fija y con intelectual preocupación, a que encontráramos a Buenos Aires en los libros de Plaza Laprida,  a descubrir en el universo de la miniatura del Larousse, versos por casualidad y espejos de la verdad…y, María Elena, mientras andábamos cantando bajito tus poemas, la mano de tu ternura construía nuestra subjetividad, amasaba nuestra intimidad, alzaba los pilares de nuestro  mundo interior. Tu voz se hizo familiar, como si llegara desde el patio de nuestra casa, insospechadamente y en pantuflas…Aprendimos a ser nosotras, contigo.

Más tarde cantamos a nuestros hijos que una nuez arrugada y chiquita puede tener mucha, mucha miel; que Manuelita volvió por su tortugo tan arrugada como había llegado a París, que el tiempo del amor  no se enjaula, que la Reina Batata puede ser un jardín en un vaso, y que las cosas pueden verse al revés en otro reino. Ellos descubrieron desde el juego del lenguaje y el mundo de la imaginación, los valores que los sostendrían durante toda su vida. Y jamás, María Elena, apelaste a los golpes bajos ni al tabú para sorprender a un niño. Tu respeto por ellos y la alegría de tu poesía fue lo que te convirtió en la abuela que cantaba y enseñaba a leer sobre la alfombra del cuarto.

Y, María Elena, fue el mayor de los consuelos repetir contigo la lección de la cigarra, saber que a la hora del destierro y de la oscuridad alguien nos levantaría para seguir cantando. Cada vez que caímos nos levantaste con ella, con tu esperanza interminable.

Entraste en el cielo de los que nunca se olvidan el mismo día que Gabriela Mistral, la que cantó a los piececitos azulosos de frío mil nanas y rondas maravillosas. Las casualidades no existen. Ella también fue musa de la infancia, con amor genuino y genio total. Estás sentada junto a ella en el hogar donde se alojan  los seres queridos. El fuego no se apagará jamás.

María Rosa Meléndez


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La razón de la Esperanza

La razón de la Esperanza

Argentina es un país inagotable. Son tantas las conformaciones culturales que anidan en su territorio que cuando cree uno haber logrado configurar los límites de sus características, algo diferente surgió y hay que ampliar, ampliar, ampliar, ampliar… (Gracias Sarmiento).

Mientras este triste diciembre mostraba por la televisión el rostro patético de los parques y predios ocupados por personas evidentemente manipuladas, que reclamaban una casa, en un pequeño pueblo del norte de la patria, egresaban 56 alumnas del profesorado de Nivel Inicial.

¿Te parece poco sorprendente? Te cuento: esas jóvenes mujeres habían luchado durante tres años para alcanzar sus metas. Habían salido en los inviernos a caminar el monte para juntar leña y vender a los hornos de carbón para lograr pagarse sus estudios, habían trabajado largas jornadas como empleadas domésticas y estudiado los fines de semana; muchas de ellas, madres a cargo de sus pequeños hijos, habían transitado la oscuridad de cuadras y cuadras por la noche con ellos a cuestas para dejarlos con algún familiar mientras cursaban sus estudios; una de ellas, con una pequeña enferma de la columna vertebral, que la acompañó todos los días de esos tres años, y el último, como no podía ser de otra manera,  también asistió al acto de colación para recibir su premio, con una radiante sonrisa.

Muchas cosas más podría contar de mis cincuenta y seis heroínas, pero baste agregar que en ellas siempre estuvo latente la alegría, las ganas de construir y de participar, que llevaron a todos los Jardines del pueblo y las escuelitas rurales de la zona sus obritas de teatro, su animación infantil, sus librotes artesanales llenos de fantasía y color. Baste agregar que el día de su egreso portaron como único uniforme una chalina anaranjada, cuyo color, abrazando sus pechos, quería ser un símbolo del fuego interior.

Es posible que algunas se hayan “macheteado” en el último examen, que otras se lleven consigo más faltas de ortografía que las que uno quisiera, pero de algo estoy segura: se llevan consigo un sentimiento de dignidad que las planta como personas en este mundo de masas. Se llevan consigo el valor de alcanzar sus propios sueños con el esfuerzo y el sacrificio, el amor al trabajo y la conciencia de su propia competencia.

En contraposición con aquella acalorada señora que gritaba indignada que su padre había “esperado veinte años que le dieran una casa”, éstas habían luchado esos mismos veinte años por conseguirla por sí mismas. Y partieron de la misma pobreza y soledad. Partieron de la misma situación de indigencia.  La diferencia es, tal vez, que no se dejaron tentar por discursos demagógicos, o acaso la fe que se tuvieron a sí mismas los superó y los dejó de lado. No lo sé con exactitud. Lo que sí es que este año ellas son la razón de mi esperanza.

¡Feliz Año Nuevo!

María Rosa Melendez

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8 DE DICIEMBRE

8 de la mañana. Sentada en el patio, rodeada de mis dos perros callejeros, con el primer amargo recordé el día de ayer: maldad, falsedad por la mañana; incomprensión e indiferencia por la tarde. En estas tristes cavilaciones estaba, cuando de pronto vi unas lucecitas verdes, amarillas y azules que me hacían guiños desde el césped. Era el rocío que titilaba como un arbolito de Navidad extendido sobre la tierra. Me detuve, sorprendida, ante la huella divina que quería decirme algo. En silencio interior, alcé luego la vista: el rododendro había florecido. También la copiosa lluvia de unos días atrás había erguido la achira como una jirafa de rostro amarillo, rodeada de malvones encendidos y alegrías del hogar rosadas en torno del aljibe. Más atrás, el paraíso japonés rebalsaba de campanillas luminosas y desde la vereda, el palo borracho asomaba su nueva fronda. El cielo, surcado de vuelos raudos, dejaba deslizar entre su manso azul, unas nubecitas como cintas de horganza.

La brisa pasó con su delicadeza matinal. Y entonces  mi viejo  corazón retomó su centro. El día de ayer se convirtió en un diminuto lapso grotesco que me daba la posibilidad de perdonar.

Y el perdón me devolvió la mirada interior. ¿Qué vi? La única misión de mi vida: agradecer.

María Rosa Meléndez

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El tema de la Anunciación ha despertado en la pintura la inspiración de los más excelsos artistas de todas las épocas. Es, posiblemente, por la fuerza y la belleza de su misticismo, fuente de obras  inmortales que siguen arrobando a los que gustan de la contemplación y del arte religioso.

Pues la literatura no se queda atrás. A través de los más destacados poetas de cada época, sin importar su línea de pensamiento o sus creencias, encontramos piezas que se destacan por su delicadeza y perfección.

Bástenos tomar como ejemplos, a dos increíbles poetas españoles. El primero de ellos, Miguel Hernández, poeta que militó en la guerra civil española en las filas republicanas, embebido en la poesía barroca y que puso su tinte vital irrepetible en cuanto escribió. Fíjense, amigos, qué versos tan plenos dijo en su poema a la Anunciación:

“Nunca un Ángel oyó más tembloroso

La misión que el Señor le encomendara:

Busca en Judea una Azucena clara,

Un Cáliz matinal y silencioso…”

Con estos versos exquisitos el poeta comienza un soneto en el que expresa el encuentro entre el Ángel Gabriel y María de Nazaret, a quien encontraría tejiendo después de un vuelo  “leve y poderoso”.

“Rompió enseguida el nudo nebuloso

Que los lindes del mundo le cerrara,

Y con plumas que el cielo le nevara

Rasgó el espacio, leve y poderoso”

El impacto para el mismo Ángel fue tal que “dobló la rodilla” y quedó “suspenso”. No era para menos.

“Era el Arcángel un fulgor inmenso

Que llenó la ventana de María

Con exquisito y celestial incienso.

La Virgen dejó el copo que torcía,

Ante Ella el Ángel se quedó suspenso

Y dobló la rodilla, y sonreía.”

No menos conmovedor es el encuentro místico en la descripción de García Lorca. Sólo que este maravilloso andaluz pinta un cuadro regional en el que Gabriel luce un chaleco bordado y lleno de lentejuelas:

“Abre la puerta al lucero

Que por la calle venía

El Arcángel San Gabriel,

Entre Azucena y sonrisa.

En su chaleco bordado

Grillos ocultos palpitan…”


y la Señora de la Anunciación es una “Morena de maravillas”.

…”-Dios te salve, Anunciación,

Morena de maravilla,

Tendrás un niño más bello

Que los tallos de la brisa…”

Las estrellas de la noche

Se volvieron campanillas”

Campanillas para anunciar la noticia feliz. Ese brillo intermitente grita con armonía celestial el gran acontecimiento.

Como en toda su lírica, el presentimiento cae con su peso en la obra y aparecen por allí, en medio del encantamiento del momento, “tres clavos de alegría”, “un lunar y tres heridas”, “tres balas de almendra verde…

“…”-San Gabriel aquí me tienes

Con tres clavos de alegría.

Tu fulgor abre jazmines

Sobre mi cara encendida…”

………………………………………

-Dios te salve Anunciación,

Bien lunada y mal vestida,

Tu niño tendrá en el pecho

Un lunar y tres heridas.

……………………………………..

Tres balas de almendra verde

Tiemblan en su vocecita”

Finalmente, después de un diálogo de lo más gitano, las estrellas que habían sido “campanillas”, se vuelven  “siempre vivas”. El gran acontecimiento será celebrado para toda la eternidad.

“Ya San Gabriel en el aire

Por una escala subía.

Las estrellas de la noche

Se volvieron siemprevivas.”

Pero, amigos, el poema que más me conmueve, es el del criollo Baldomero Fernández Moreno.  Imaginen ustedes a un hijo de españoles que recuerda, en su inconsciente familiar, con afectiva insistencia, las campanadas del Ángelus en el atardecer de su tierra. Esas campanas  fundidas en el violáceo cielo del ocaso, a esa hora en que todo se detiene y el alma es invitada a la meditación silenciosa, caerían como un llamado ultracelestial al corazón del campesino fatigado que retornaba a recogerse en su hogar.

Pues no menos místico, en el lugar de las campanas, el mugido y el balar de los rebaños,  presta, en el campo argentino, un fondo de dulce recogimiento al momento místico por excelencia. Será porque esas extensiones de apariencia infinita, como alguna vez lo notara Menéndez Pidal, hacen que la mirada no se detenga hasta encontrar el cielo. Y entonces, la pampa en la hora del cénit, es el escenario ideal para la contemplación del espíritu.

“Crepúsculo argentino sin campanas,

Qué ganas sin embargo de rezar…

De juntar nuestras voces humanas

Al místico mugido y al balar.”

Este arrobamiento de los mansos ganados de animales ante la Anunciación es como que toda la creación se conmueve y promueve en el hombre la necesidad de detenerse y fundirse en el Milagro.

¡Feliz Navidad!

María Rosa Meléndez

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“El cerebro de los necios transforma la Filosofía en tontería y la Ciencia en superstición”

George Bernard Shaw

No es novedad que las falsas creencias se remontan al origen de la existencia humana. En las épocas prehistóricas, aseveran los historiadores, el hombre no distinguía entre causa y consecuencia, es decir, no había desarrollado aún su capacidad de razonamiento como para entender el encadenado de los hechos que se suceden en la naturaleza. La procreación, por ejemplo, no se detectaba como una consecuencia de los actos sexuales; el fuego, caro tesoro, era conservado pero no lograban encenderlo sino que lo tomaban de los bosques en llamas producidas, tal vez, por los rayos en el devenir de las tormentas. De eso se trata el pensamiento mágico: origina culturas que son dominadas por creencias falsas y el hombre se encuentra sometido a su acción, depende de que le sean favorables esos misterios de la vida , genera, alrededor de ellos, para su propia tranquilidad, cantidad de ritos, inventa deidades y atribuye a los objetos poderes extraordinarios. El hombre se siente atado a algo superior que le procurará su felicidad o su desasosiego.

Contrariamente a lo que circula en cierta literatura secular, la religión viene junto con el desarrollo de la ciencia, a liberar a la humanidad de estas ataduras. Precisamente, el término “religión” de “religare” presenta un contenido más que significativo, pues habla de devolver al hombre una conexión que parece tener desprendida. La religión lo religa, lo vuelve a conectar con el principio de toda razón y de todo bien.  Y la ciencia que se abre camino lentamente a partir de la Grecia clásica, precedida  por la pregunta filosófica, viene a revertir lo que era “casualidad” en términos de “causalidad”.  La magia concurre a ocupar su lugar, con el devenir del tiempo, de entretenimiento social o juego de niños.

Sin embargo, como suele suceder, muchas veces la gente reemplaza la fe por la magia en busca de soluciones repentinas que le brinden satisfacción inmediata. Esta confusión entre religión y magia es acaso la misma que se da entre esperanza e ilusión. Y es, me temo, el motivo por el cual el filósofo Nietche expresó con gran congoja de su parte, aquella célebre frase: “Dios ha muerto”. Pues esa desesperación que lo llevó a descreer de todo y de todos se fundaba precisamente en la tremenda “desilusión” de un dios que no interviene entre la maldad y las buenas intenciones, el Dios que respeta nuestro libre albedrío.

La ciencia, por su parte, corre frecuentemente, la misma suerte. Ocurre que, por distintas vías, a pesar y valiéndose de la tecnología, se hurga en las antiguas civilizaciones con el fin de descubrir  soluciones maravillosas que, por supuesto, anulen las leyes de la causalidad y presten alegremente casuales, perfiles míticos a una civilización que se aburre.

Siempre resulta más fácil volver a ser niño, desde luego, ceder nuestra libertad y nuestra capacidad de decidir soberanamente y no asumir el desafío y las consecuencias de nuestras decisiones. Es por eso que muchos de nosotros, a pesar de y gracias a los avances tecnológicos, recurrimos a esa mala mezcla de magia y falsa ciencia para encontrar la felicidad, el amor y, lo que es verdaderamente triste, la paz espiritual.

Este retroceso de la humanidad que efectuamos individualmente y que a la postre nos deja con las manos y el corazón vacíos es alimentado por muchas personas que poseen una gran capacidad de seducción y también, para mal de ellas, una cultura e instrucción  mayor que la  de la mayoría. Precisamente, por esa condición, saben de la necesidad humana de ser engañado en pos de ilusiones y sueños mágicos. Así es como encontramos vendedores de gemas, piedras con toda clase de poderes, cabalistas, curanderos y brujos de toda laya, muy modernos y atractivos, que llenan de esplendor la candidez de la ignorancia y de dinero, sus bolsillos.

Este negocio consiste, sin duda en  propagar,  una especie de “religión” frívola y liviana que no exige pautas morales,  y que brinda todo lo se puede desear. Lamentablemente, estos devotos que pagan un buen precio por las piedritas cordobesas o brasileras que podrían encontrar en cualquier excursión bien guiada a menor costo, o por unas barajas que parecen vaticinarle encuentros que de todas maneras sucederán o no sucederán, perderán su ilusión, pues de eso se trata, de una “illusio” (engaño) en manos de quien ejerce un “illudere” (burlarse, jugar en contra).

En este fin de año que se aproxima recuperemos la libertad de poder decidir y conseguir con nuestro propio esfuerzo las cosas que amablemente soñamos. Y  dependamos de nuestra esperanza en el Principio de toda razón y todo bien, para no ser defraudados ni usados por estos nuevos estafadores que utilizan nuestras ancestrales creencias para acrecentar sus apetencias materiales.

La mentira tiene rostros atractivos pero la Verdad es una Luz inconmovible.

María Rosa Meléndez

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“El cerebro de los necios transforma la Filosofía en tontería y la Ciencia en superstición”

George Bernard Shaw

No es novedad que las falsas creencias se remontan al origen de la existencia humana. En las épocas prehistóricas, aseveran los historiadores, el hombre no distinguía entre causa y consecuencia, es decir, no había desarrollado aún su capacidad de razonamiento como para entender el encadenado de los hechos que se suceden en la naturaleza. La procreación, por ejemplo, no se detectaba como una consecuencia de los actos sexuales; el fuego, caro tesoro, era conservado pero no lograban encenderlo sino que lo tomaban de los bosques en llamas producidas, tal vez, por los rayos en el devenir de las tormentas. De eso se trata el pensamiento mágico: origina culturas que son dominadas por creencias falsas y el hombre se encuentra sometido a su acción, depende de que le sean favorables esos misterios de la vida , genera, alrededor de ellos, para su propia tranquilidad, cantidad de ritos, inventa deidades y atribuye a los objetos poderes extraordinarios. El hombre se siente atado a algo superior que le procurará su felicidad o su desasosiego.

Contrariamente a lo que circula en cierta literatura secular, la religión viene junto con el desarrollo de la ciencia, a liberar a la humanidad de estas ataduras. Precisamente, el término “religión” de “religare” presenta un contenido más que significativo, pues habla de devolver al hombre una conexión que parece tener desprendida. La religión lo religa, lo vuelve a conectar con el principio de toda razón y de todo bien.  Y la ciencia que se abre camino lentamente a partir de la Grecia clásica, precedida  por la pregunta filosófica, viene a revertir lo que era “casualidad” en términos de “causalidad”.  La magia concurre a ocupar su lugar, con el devenir del tiempo, de entretenimiento social o juego de niños.

Sin embargo, como suele suceder, muchas veces la gente reemplaza la fe por la magia en busca de soluciones repentinas que le brinden satisfacción inmediata. Esta confusión entre religión y magia es acaso la misma que se da entre esperanza e ilusión. Y es, me temo, el motivo por el cual el filósofo Nietche expresó con gran congoja de su parte, aquella célebre frase: “Dios ha muerto”. Pues esa desesperación que lo llevó a descreer de todo y de todos se fundaba precisamente en la tremenda “desilusión” de un dios que no interviene entre la maldad y las buenas intenciones, el Dios que respeta nuestro libre albedrío.

La ciencia, por su parte, corre frecuentemente, la misma suerte. Ocurre que, por distintas vías, a pesar y valiéndose de la tecnología, se hurga en las antiguas civilizaciones con el fin de descubrir  soluciones maravillosas que, por supuesto, anulen las leyes de la causalidad y presten alegremente casuales, perfiles míticos a una civilización que se aburre.

Siempre resulta más fácil volver a ser niño, desde luego, ceder nuestra libertad y nuestra capacidad de decidir soberanamente y no asumir el desafío y las consecuencias de nuestras decisiones. Es por eso que muchos de nosotros, a pesar de y gracias a los avances tecnológicos, recurrimos a esa mala mezcla de magia y falsa ciencia para encontrar la felicidad, el amor y, lo que es verdaderamente triste, la paz espiritual.

Este retroceso de la humanidad que efectuamos individualmente y que a la postre nos deja con las manos y el corazón vacíos es alimentado por muchas personas que poseen una gran capacidad de seducción y también, para mal de ellas, una cultura e instrucción  mayor que la  de la mayoría. Precisamente, por esa condición, saben de la necesidad humana de ser engañado en pos de ilusiones y sueños mágicos. Así es como encontramos vendedores de gemas, piedras con toda clase de poderes, cabalistas, curanderos y brujos de toda laya, muy modernos y atractivos, que llenan de esplendor la candidez de la ignorancia y de dinero, sus bolsillos.

Este negocio consiste, sin duda en  propagar,  una especie de “religión” frívola y liviana que no exige pautas morales,  y que brinda todo lo se puede desear. Lamentablemente, estos devotos que pagan un buen precio por las piedritas cordobesas o brasileras que podrían encontrar en cualquier excursión bien guiada a menor costo, o por unas barajas que parecen vaticinarle encuentros que de todas maneras sucederán o no sucederán, perderán su ilusión, pues de eso se trata, de una “illusio” (engaño) en manos de quien ejerce un “illudere” (burlarse, jugar en contra).

En este fin de año que se aproxima recuperemos la libertad de poder decidir y conseguir con nuestro propio esfuerzo las cosas que amablemente soñamos. Y  dependamos de nuestra esperanza en el Principio de toda razón y todo bien, para no ser defraudados ni usados por estos nuevos estafadores que utilizan nuestras ancestrales creencias para acrecentar sus apetencias materiales.

La mentira tiene rostros atractivos pero la Verdad es una Luz inconmovible.

María Rosa Meléndez

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El gaucho. Mitos y verdades

El 10 de noviembre se ha establecido como el “Día de la Tradición” en homenaje a José Hernández, padre de la obra máxima de la literatura argentina, según la crítica tradicional. Este criterio no fue compartido por Jorge Luis Borges, quien consideraba que el personaje Martín Fierro no podía alcanzar semejantes alturas si se llevaba debida cuenta de sus borracheras y homicidios. Su admiración por Leopoldo Lugones lo impulsó a considerar a éste, un autor más completo para otorgarle el título honorífico arriba mencionado.

Muchos años después de la discusión, y situándonos en una zona, tal vez, más objetiva, no estaría mal revisar ambas posturas para lograr comprender quién era realmente este personaje y qué era lo que los argentinos, en general, esperaban de él.


Cierto es que José Hernández no niega el terrible derrotismo de su héroe, que lo lleva a quejarse, con un enorme sentimiento de minusvalía, de la situación en la que un estado insipiente y por cierto bastante corrupto, lo ubica, a partir de sustraerlo de una vida idílica; aunque nunca lograremos dar por cierto que haya sido tan feliz, familiero y trabajador como el autor pretende. Al respecto, podemos tomar algún pasaje de la infancia de Sarmiento, cuando recuerda, en su cansino San Juan, las repentinas invasiones de hordas de hombres salvajes que asolaban el pequeño poblado, o bien, de los textos de John Lynch, las matanzas de inmigrantes realizadas en la zona de Tandil por bandas de gauchos. En ambos casos, estamos hablando de pobladores sin asiento, a disposición de poderes corporativos o caudillos que muchas veces justificaban sus luchas por el territorio con discursos federalistas.

Este hombre de costumbres nómades, anárquico y pendenciero, por otro lado, sirvió también a la causa de la Independencia y a la defensa territorial en la protección de la frontera. (Admitamos, aunque no sea un razonamiento ad hoc, que el criollo mantenía con el indio una situación de mutuas hostilidades en las que le iba la vida, y, finalmente, el infortunado, también necesitaba un lugar donde vivir, aunque no registrara antecedentes originarios).

Es que, definitivamente, el gaucho, como grupo con características propias, no se asimila al paisano o criollo, sino que es el hombre de costumbres salvajes y andar solitario que permanentemente es perseguido con el cometido de someterlo a la ley, una ley que apenas comenzaba a elaborarse, y con unos modos muy propios de épocas inestables. Por esto mismo, el fin de los inmensos, casi infinitos, terrenos fiscales de la pampa húmeda  y el ganado cimarrón (esas vacas y caballos que nunca agradeceremos lo suficiente a nuestra madre patria y que se reprodujeron con tanta abundancia) conlleva a la desaparición del gaucho como ser libre y vagabundo, que tan bien le iba a la literatura romántica dentro de la que se inscribe la obra hernandiana.

Sin embargo, es un modernista quien va a constituir a este personaje en el mito que se lleva todos los laureles: más allá, de los consejos que Martín Fierro – después del purgatorio que significó para él, la vida en la toldería –  entrega como legado a sus hijos, y que dejan un sabor a grandeza, el cual dista leguas del homicida que supo discriminar a un moreno, el auténtico gaucho que toma la argentinidad como modelo, es el trabajador rural, vale decir,  el mismo gaucho, ya conchabado como peón de estancia, Don Segundo Sombra, hombre sabio, prudente, noble y leal por sobre todas las cosas, y gran conocedor de los oficios campestres, del trabajo que lo enaltece en su masculinidad y lo dignifica hasta la altura que necesita la utopía argentina.

Es a Ricardo Güiraldes, a quien debemos este feliz suceso. El gaucho, modelo de argentinidad, síntesis de las virtudes que definen al auténtico hombre de las pampas, se eleva con todas las cualidades, que en la realidad, fueron contrarias a las circunstancias vitales del protagonista del Martín Fierro.

Tal vez, lo que vio Borges, más allá de la eximia pluma de Hernández, es, no sólo una  cuestión de ética,  sino también de objetividad histórica. La tradición, en ocasiones se construye sobre miradas románticas.

María Rosa Meléndez

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Néstor Kirchner y su obra

Nadie puede alegrarse de que muera una persona. Siempre es un hecho triste, lamentable y doloroso. En eso, estamos todos de acuerdo.

No creo que se haya ido de entre los argentinos un estadista ni un patriota. Creo, al contrario, que, a pesar de que lamentemos su deceso, como ser humano, su obra fue el remate que necesitaba la Argentina para convertirse en un país sin futuro.

Podríamos decir, sin lugar a equivocarnos, que, si bien se le reconoce la aplicación de la asignación universal por hijo, lejos de ser esto un acto de justicia ha sido un hecho de demagogia más. Pues en lugar de generar genuinas fuentes de trabajo generó las largas colas de clases mendicantes en los bancos, desalentando la cultura del trabajo. Quiso recrear un Estado de Bienestar y sólo logró de su versión del  keynesianismo, el  impuesto de la inflación que pagamos todos. Avergonzó a la generación de los 70, con un doble discurso construido sobre rimbombantes agresiones que ocultan oscuros negocios. Atacó al campo en lugar de promoverlo como fuente de riquezas. Promovió leyes que desarticularon a la familia argentina y atacó a la Iglesia Católica en sus instituciones educativas, aquellos, que brindaron educación gratuita durante años, cuando el Estado no se hacía presente en los últimos rincones de la Patria, con medidas arbitrarias.

Pero lo que es verdaderamente de lamentar, aún no está a la vista. Dentro de unos años comprobaremos que el nivel intelectual y académico de la Argentina se verá notablemente deteriorado, con todas las consecuencias sociales y económicas que ello implica. Pues su política educativa convirtió a, pesar de los esfuerzos de muchos de sus docentes, a las instituciones educativas estatales en oscuros contenedores donde no se imparte ninguna enseñanza de calidad, a pesar de los soberanos discursos que se escuchan y leen al respecto, y en cambio, es una obligación tácita, aprobar a todos los alumnos, aprendan o no; no sancionar las faltas, sean éstas leves o graves y promover sí o sí a todo el que ingresa, se esfuerce o no. Cuando los maestros sean semianalfabetos y la moral ya tan deteriorada, campee en los centros de enseñanza, entonces diremos : Kishner lo hizo.

María Rosa Meléndez

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La huella de Alfonsina


1,971. 4° 6° del Normal N°4. Bachillerato en Letras. Hora de Literatura. La profesora nos asigna como tarea preparar una clase especial sobre Alfonsina Storni. Es la época de las diapositivas. Iluminamos con imágenes una bella poesía. Pero no nos conforma. Hacemos algo más: visitamos a Alejandro Storni. Una conversación con su hijo, nos abre un corredor hacia la “escritora de América” que no se cerrará jamás. El hombre recuerda especialmente los días de docencia de su madre. Alude a las grandes actrices argentinas que estudiaron teatro con ella en el Lavardén…”Algunas- nos dice- no lo mencionan nunca porque se trataba de una escuela de doble escolaridad adonde asistían los niños más pobres…como si eso les diera vergüenza…”

Pasaron mucho más de treinta años de estos recuerdos ya empalidecidos. Sin embargo, junto al libro ajado, aún conservo aquella marca de emocionada admiración que, indeleble, grabó en mi ser, la imagen de Alfonsina.

Alfonsina y la docencia. Ejerce en la escuela nocturna de adultos, enseñando el castellano. No la asignatura “Lengua”, como si la nuestra no tuviera un nombre y una historia, sino “Castellano”, el claro idioma que va dulcificando con su decir poético y afirmando con su preciso apego a la verdad. Enseña teatro a los niños y escribe obras para ellos, porque la docencia es creación, camino nuevo: Blanco…Negro…Blanco” y “El Dios de los Pájaros”, sembrando valores profundos. Sería cuestión de desempolvarlos para que nos sigan inspirando.

Alfonsina y el amor. “Alguna vez andando por la vida, por piedad, por amor, como se da una fuente sin reservas, yo di mi corazón…” Y esa entrega piadosa e íntegra que surge de lo más profundo de su esencia femenina, incomprendida y agraviada -”Hombre, yo quiero que mi mal comprendas…”, “Por un miserable muero de ternura…”,”…tú me quieres nívea, tú me quieres blanca, tú me quieres alba…”-  abre dos caminos: el deseo de lo ideal: “Ahora quiero amar algo lejano… Algún hombre divino…”; “”Quiero un alma, es un alma lo que busco en la vida…”; “un deseo divino me devora…”,  y la rebelde lucha por la libertad humana, que no encontrará reposo en toda su trayectoria poética y se constituirá en un tópico , que se inicia casi tímidamente, como una inquietud que despierta en el seno de su experiencia de vida: “¿Qué diría la gente, recortada y vacía, si en un día fortuito, por ultrafantasía, me tiñera el cabello de plateado y violeta, usara peplo griego, cambiara la peineta por cintillo de flores: miosotis o jazmines, cantara por las calles al compás de violines, o dijera mis versos recorriendo las plazas, libertando mi gusto de vulgares mordazas?”…Finalmente, ha resistido la crítica, hasta en el teatro Cervantes, con la mismísima presencia del presidente de la Nación, Alvear; ha resistido el escándalo en su vida personal mucho más allá del límite que impone la época, porque ha sido fiel a sí misma. Suavemente descubre que simplemente “…pensarlo me da un poco de risa.” Sólo quiere liberarse de ese “hombre pequeñito que la tuvo en su jaula de convenciones mal disimuladas, a quien amó “…hasta llorar, hasta morirme…hasta odiar….hasta la locura…”, liberarse de la vulgaridad – “vulgaridad, vulgaridad me acosa”- Y así camina su trayecto poético, entre la búsqueda y el espanto, el cansancio de su “ misión de rosa” y el tema al que entregó sus más bellas páginas, la naturaleza, una naturaleza preñada de sentimientos juveniles, femeninos, puros, que llega del “dulce tiempo de sierras cordobesas…” y de “la dulce San Juan…” marcando el tiempo con …”vagas melancolías…” y presentimientos…, enfrentada con la tristeza de la ciudad y sus “…calles derechas, agrisadas e iguales…”.

Alfonsina mujer total.

Alfonsina de pronto seductora – “Desde mi asiento, inexpresiva espío, sin mirar casi, su perfil de cobre. ¿Me siente acaso? ¿Sabe que está sobre su tenso cuello este deseo mío de deslizar la mano suavemente por el hombro potente?”; “Al tímido amante le replico así: – te andaba buscando, creía morir”.

Alfonsina madre – “Se inicia y abre en ti, pero estás ciega para ampararlo…y sientes ya que morirás un día por aquel sin piedad que te deforma.”-

Alfonsina y el mar, como símbolo de la muerte, pero también Alfonsina y la flor – esa que el rosal tira, disimulado, sobre la cabeza del niño pobre para convertirlo en un Eros con “corona divina”;esa que es ella misma: “soy esa flor perdida que brota en tus riberas..”; que espera consecuente con su misión poética: “arbusto dame flores…me sabrán a licores…”; y también la misma muerte.inmensidad-amor que “florece su campo de nomeolvides…”, la misma que, “nodriza fina”, tiene “dientes de flores”, porque su mismo corazón era “una flor de espuma, un pétalo de nieve…” entre la primavera y la desilusión,  esperanza y desencanto,  como símbolo de la vida que permanece, arrastra y fecunda. Por lo tanto, Alfonsina, mujer sáfica, mujer ineludible en el camino de la búsqueda poética, que nos invita a una relectura menos frívola,  de su interpretación cósmica de la vida y de la muerte.

María Rosa Meléndez

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La huella de Alfonsina


1,971. 4° 6° del Normal N°4. Bachillerato en Letras. Hora de Literatura. La profesora nos asigna como tarea preparar una clase especial sobre Alfonsina Storni. Es la época de las diapositivas. Iluminamos con imágenes una bella poesía. Pero no nos conforma. Hacemos algo más: visitamos a Alejandro Storni. Una conversación con su hijo, nos abre un corredor hacia la “escritora de América” que no se cerrará jamás. El hombre recuerda especialmente los días de docencia de su madre. Alude a las grandes actrices argentinas que estudiaron teatro con ella en el Lavardén…”Algunas- nos dice- no lo mencionan nunca porque se trataba de una escuela de doble escolaridad adonde asistían los niños más pobres…como si eso les diera vergüenza…”

Pasaron mucho más de treinta años de estos recuerdos ya empalidecidos. Sin embargo, junto al libro ajado, aún conservo aquella marca de emocionada admiración que, indeleble, grabó en mi ser, la imagen de Alfonsina.

Alfonsina y la docencia. Ejerce en la escuela nocturna de adultos, enseñando el castellano. No la asignatura “Lengua”, como si la nuestra no tuviera un nombre y una historia, sino “Castellano”, el claro idioma que va dulcificando con su decir poético y afirmando con su preciso apego a la verdad. Enseña teatro a los niños y escribe obras para ellos, porque la docencia es creación, camino nuevo: Blanco…Negro…Blanco” y “El Dios de los Pájaros”, sembrando valores profundos. Sería cuestión de desempolvarlos para que nos sigan inspirando.

Alfonsina y el amor. “Alguna vez andando por la vida, por piedad, por amor, como se da una fuente sin reservas, yo di mi corazón…” Y esa entrega piadosa e íntegra que surge de lo más profundo de su esencia femenina, incomprendida y agraviada -”Hombre, yo quiero que mi mal comprendas…”, “Por un miserable muero de ternura…”,”…tú me quieres nívea, tú me quieres blanca, tú me quieres alba…”-  abre dos caminos: el deseo de lo ideal: “Ahora quiero amar algo lejano… Algún hombre divino…”; “”Quiero un alma, es un alma lo que busco en la vida…”; “un deseo divino me devora…”,  y la rebelde lucha por la libertad humana, que no encontrará reposo en toda su trayectoria poética y se constituirá en un tópico , que se inicia casi tímidamente, como una inquietud que despierta en el seno de su experiencia de vida: “¿Qué diría la gente, recortada y vacía, si en un día fortuito, por ultrafantasía, me tiñera el cabello de plateado y violeta, usara peplo griego, cambiara la peineta por cintillo de flores: miosotis o jazmines, cantara por las calles al compás de violines, o dijera mis versos recorriendo las plazas, libertando mi gusto de vulgares mordazas?”…Finalmente, ha resistido la crítica, hasta en el teatro Cervantes, con la mismísima presencia del presidente de la Nación, Alvear; ha resistido el escándalo en su vida personal mucho más allá del límite que impone la época, porque ha sido fiel a sí misma. Suavemente descubre que simplemente “…pensarlo me da un poco de risa.” Sólo quiere liberarse de ese “hombre pequeñito que la tuvo en su jaula de convenciones mal disimuladas, a quien amó “…hasta llorar, hasta morirme…hasta odiar….hasta la locura…”, liberarse de la vulgaridad – “vulgaridad, vulgaridad me acosa”- Y así camina su trayecto poético, entre la búsqueda y el espanto, el cansancio de su “ misión de rosa” y el tema al que entregó sus más bellas páginas, la naturaleza, una naturaleza preñada de sentimientos juveniles, femeninos, puros, que llega del “dulce tiempo de sierras cordobesas…” y de “la dulce San Juan…” marcando el tiempo con …”vagas melancolías…” y presentimientos…, enfrentada con la tristeza de la ciudad y sus “…calles derechas, agrisadas e iguales…”.

Alfonsina mujer total.

Alfonsina de pronto seductora – “Desde mi asiento, inexpresiva espío, sin mirar casi, su perfil de cobre. ¿Me siente acaso? ¿Sabe que está sobre su tenso cuello este deseo mío de deslizar la mano suavemente por el hombro potente?”; “Al tímido amante le replico así: – te andaba buscando, creía morir”.

Alfonsina madre – “Se inicia y abre en ti, pero estás ciega para ampararlo…y sientes ya que morirás un día por aquel sin piedad que te deforma.”-

Alfonsina y el mar, como símbolo de la muerte, pero también Alfonsina y la flor – esa que el rosal tira, disimulado, sobre la cabeza del niño pobre para convertirlo en un Eros con “corona divina”;esa que es ella misma: “soy esa flor perdida que brota en tus riberas..”; que espera consecuente con su misión poética: “arbusto dame flores…me sabrán a licores…”; y también la misma muerte.inmensidad-amor que “florece su campo de nomeolvides…”, la misma que, “nodriza fina”, tiene “dientes de flores”, porque su mismo corazón era “una flor de espuma, un pétalo de nieve…” entre la primavera y la desilusión,  esperanza y desencanto,  como símbolo de la vida que permanece, arrastra y fecunda. Por lo tanto, Alfonsina, mujer sáfica, mujer ineludible en el camino de la búsqueda poética, que nos invita a una relectura menos frívola,  de su interpretación cósmica de la vida y de la muerte.

María Rosa Meléndez

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Norma Nállar,

Mi  recuerdo en el día de la raza

Pasa por tu vereda y los portones rojos de tu casa,

Entra al patio familiar

Con el gran huerto encendido de frutales,

Se refugia en los sillones hundidos

Hasta el colmo de la hospitalidad.

Serías tan fuerte como vieja

Si aún estuvieras con nosotros,

Serías la primera en estrenar las novedades

Y la fiel guardiana de la antigua cortesía,

Serías la sonrisa entre los labios carmesíes

Y el alcohol negro en la comisura de los ojos.

Serías la danza y la fiesta preparada

Para que el pueblo progrese entre alegrías.

Norma Nállar, retoño que la Siria

Dejó crecer en estas tierras grises

Para que le pusieras los aljibes y las magnolias.

Éste día crece tu recuerdo  como una savia  de oro entre las venas de la patria.

María Rosa Meléndez

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MARÍA ROSA MELÉNDEZ

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